La Estética de la Naturaleza

La Estética de la Naturaleza

La estética de la naturaleza surge del poder de la muerte.

En un descalabrado loop hipermoderno, la naturaleza concebida como el entorno humano por excelencia, se encuentra sometido a la tortura de una civilización dominante, caduca y obsoleta. Sin embargo, históricamente ha sido y diría que todavía es, la gran protagonista inspiradora de la expresión artística de lo mortífero, que ha cuajado en la humanidad desde el siglo XVIII. La naturaleza conlleva múltiples escalas temporales que rotativamente transitan por el triangulo nacimiento/maduración/muerte. Por poner un ejemplo, la naturaleza como unidad de estudio es capaz de combinar el ciclo de vida de una mosca de apenas unos días y el ciclo de vida de un olivo que puede llegar a ser milenario, todo ello en un ecosistema en transformación contante y con la fascinante virtud de coexistir e incluso de apoyarse.

Los seres humanos que hemos poblado los dominios de lo natural con la insolencia de un propietario enrabiado por la dificultad de mantener el entorno encorsetado, hemos reflexionado y construido a través del arte, ya desde el romanticismo, una herramienta que permite poner en valor el poder de su fuerza. En esencia la estética se remonta a Leibniz, donde se da una reflexión sobre lo bello en su relación con la naturaleza, o dicho de otra manera con las actividades humanas y con la naturaleza divina. Es por ello por lo que en cierto sentido el pensamiento filosófico ligado a la noción de lo bello ha dado siempre vueltas alrededor de lo cíclico y de lo mortal.

Lo humano en tanto que fugaz y caduco se enfrenta a lo divino, en tanto que eterno y perenne. Simplificando, la estética es la conciencia de una dualidad sin respuesta, de una confrontación de opuestos que pervive años tras año, siglo tras siglo, como materia prima para la reflexión. No hay ganador, lo humano sobrevive, pero lo divino se impone a cada vez.

Quizás esta dualidad, lo caduco versus lo perenne, ha resistido hasta hoy con apenas matices. Quizás la estética, y sobre todo la estética de la naturaleza, pervive hoy agazapada tras toneladas estériles de información banal. La estética es en origen una revelación que ilumina la forma de un traspaso.

Sin embargo, en esta manera de focalizar el andamio conceptual alrededor del pensamiento y la reflexión de la fuerza de lo natural y la belleza intrínseca que esa inconmensurable fuerza conlleva, observamos, como bien dice Yves Michaud  que tradicionalmente, si nos atuviéramos estrictamente a los términos, la filosofía del arte debiera dejar de lado los fenómenos que escapan propiamente al arte, se trate de los que afectan a la naturaleza, a la belleza humana, a la del universo, o a la belleza de los sentimientos y de los conocimientos. (La estética…) Versaría sobre el arte en todas sus dimensiones, noción ya suficientemente amplia y confusa, puesto que el término se utiliza en numerosos sentidos y cubre el significado tanto del gran arte como de las artes populares o de masas o de prácticas que son a la vez religiosas, mágicas o rituales. En realidad, la filosofía no se ha privado a sí misma de desbordar el dominio del arte. Ya desde sus comienzos, y durante mucho tiempo, cuando se trataba de lo bello, no estaba en juego el arte, sino la belleza de las cosas, de la naturaleza, de las conductas y de los seres humanos –en particular de los cuerpos–. Por tanto, la pareja conceptual a ejercitar sería, en realidad, filosofía de lo bello y estética.[1] 

Hoy aceptamos que el desbordamiento de la filosofía, como dice Michaud, sobre, entre otras, la belleza de la naturaleza crea un cuerpo contundente de reflexiones y teorías acerca de la danza de la muerte sobre tiempos circulares.

Lo que planteo como hipótesis aquí, es que ha ocurrido un derrumbamiento. El derrumbamiento de una cultura estética fundamentada en la filosofía del arte, y en su lugar ha surgido una estructura de pensamiento ligada a la belleza de la naturaleza.

Me arriesgo un poco más, asumiendo el peligro de que puedo llegar a perder cualquier atisbo de credibilidad, que la muerte del arte, tan cacareadamente anunciada por artistas, comisarios, críticos y agentes culturales, finalmente ha acontecido. De tanto banalizar la belleza, de tanto buscar orígenes sociológicos a la producción artística, de tanto rascar en otros dominios para encontrar una refundación, por pura inanición y delante de sus ojos, el arte ha acabado falleciendo patéticamente.

Hoy el arte ni está ni se le espera.

Y su lugar lo protagoniza la belleza dramática de la naturaleza.

Por último, me recorre como un escalofrío una constatación. Durante años, se ha proclamado como he dicho la muerte del arte y se ha desvestido y aniquilado tanto la autonomía del arte como razón en si misma, que el arte ha finalmente caído en combate. Igualmente, de tanto luchar contra la naturaleza, de tanto abusar de ella, parece hoy que estamos asfixiándola hasta su extinción. ¿no ocurrirá entonces que el sujeto principal del pensamiento filosófico que especula intelectualmente sobre la grandeza y la belleza, la naturaleza, también va a sucumbir a nuestra voracidad destructiva? ¿qué queda por reflexionar si ya no podemos contar como sujeto de reflexión ni al arte ni a la naturaleza? ¿queda belleza con la que gozar y reflexionar si no sobrevive la naturaleza?

Vuelvo a Michaud, en la cita anterior decía: cuando se trataba de lo bello, no estaba en juego el arte, sino la belleza de las cosas, de la naturaleza, de las conductas y de los seres humanos. En esencia exterminado el arte y aniquilada la naturaleza, solo queda la belleza de los seres humanos y de las cosas. Desgraciadamente lo primero está íntimamente ligado a la naturaleza, si no es que en realidad formamos parte de ella. Hay pocas esperanzas de que los individuos puedan sobrevivir sin naturaleza. Por lo que, en realidad, solo queda la belleza de las cosas, que desgraciadamente quedará huérfana de reflexión ya que no tendrá a las personas para que sea construida conceptualmente.

Vuelvo al inicio.

La estética de la naturaleza surge del poder de la muerte.

El problema es que, si la muerte de todos los ámbitos de reflexión se certifica, la estética muere también.

Quizás esta concepción radical de una distopía no naturalizada del pensamiento estético sea exagerada, o producto de un momento de profunda histeria ante la posibilidad de que la esencia de la naturaleza esté envuelta en un proceso de cambio que llegue incluso a poner en peligro la raza humana a medio plazo.

Sin duda, hoy la vieja dualidad, lo humano versus lo natural, ha caído en manos de lo abyecto y lo brutal. La negación de la naturaleza como entidad, expresada por gobiernos y por individuos hasta la saciedad, mejor dicho, hasta la suciedad, ha reventado las costuras de un equilibrio, que, con razón, está puesto seriamente en duda. Paradójicamente, además, como ya he apuntado, nosotros somos intrínsecamente también naturaleza.

Dejo para el final un relato menos agorero. Creo que es necesario hoy en día usar el optimismo como herramienta de resistencia. Y como ya sabemos, el optimismo no es un valor científico, es una creencia, una intuición, un sentimiento. Es nuestra última trinchera. Además, con fina ironía Winston Churchill, se resignaba al optimismo con la brillante frase Soy optimista. No parece de mucha utilidad ser cualquier otra cosa.

Así que abramos una reflexión nueva acerca de la estética. Edgar Morin, uno de mis autores de cabecera, se permite concluir su libre Sur l’Esthétique[2] con un canto a la vida como herramienta estética. Es decir, si la reflexión escrita hasta ahora acerca de la estética, se centra a la muerte, hay una visión opuesta que explica Morin, que se fundamenta en la vida.

Traduzco directamente el texto al ser bastante corto por ser muy complementario, aunque sea desde el punto de vista desde el extremo de lo dicho hasta ahora:

La vida no tiene otro sentido que la vida.

La formula “vivir por vivir” puede ser que no sea otra cosa que una tautología plana. “Vivir por vivir” toma sentido cuando reconoce y asume la calidad poética de nuestras vidas, que permite también la comunión, el amor, la realización de uno mismo. “Vivir por vivir” nos incita a escoger todo lo que es expresión poética de la vida personal y colectiva.

La vida no tiene sentido, pero la poesía dota de sentido nuestras vidas. La vida toma sentido para nosotros en el estado poético. El sentimiento estético forma parte contemplativa o admirativa del estado poético.

El estado poético intenso nos conduce a la beatitud. La beatitud última deviene, evidentemente, en éxtasis en sus diferentes formas. Nosotros aspiramos profundamente al éxtasis, al cual, si somos felices, necesariamente entraremos.

Esto no impide que la vida, también especialmente nuestra vida humana, nos mantiene curiosos sobre su misterio: buscamos saber, buscamos conocer.

Creo que la curiosidad y el amor dan sentido a nuestras vidas.

Y si en nuestro sentimiento estético superamos la mezquindad, el egocentrismo, esta estética no suscita otra cosa que una ética propia, que nos permitirá comprender que, en palabras de Dostoïevski, ¿la belleza podrá salvar el mundo? Añadiendo lo que también es Dostoïesvkiano, la bondad y la compasión.

La calidad poética de la vida es normal, al menos normativa, y nos empuja a la comunión y al amor.

“La poesía es el primero y el último de los saberes” dijo Wordsworth. Yo diría de saber vivir.

Hoy, la normalización y estandarización quieren tomar el mando de la vida, para parafraseando a Cornelius Castoradis, subir la montaña de la insignificancia.[3] Pesados obstáculos se oponen al florecimiento de la poesía de la vida. Más estamos dominado por las fuerzas anónimas, más necesitamos resistir. La resistencia necesita del oasis de la vida poética.

La poesía es adhesión a la belleza del mundo, de la vida, de lo humano, y a la vez, resistencia a la crueldad del mundo, de la vida, de lo humano.

 

Dejo así pues dos lecturas opuestas de la estética de la naturaleza, una de orden conceptual que va perdiendo progresivamente los diferentes sujetos de pensamiento y otra de raíz sentimental que, sin dirimir razones, milita en la necesidad de sentir estéticamente, salvando así la condición estética misma y su ultima razón de ser: la vida.

No tengo muy claro si puedo instalarme en ambas a la vez o si en realidad, muerte y vida son en términos estéticos la misma cosa.

 

La imagen del post proviene de https://www.hisour.com/es/aesthetics-of-nature-49366/

El texto, Estética de la Naturaleza, es una lectura muy interesante a caballo de lo que he escrito más arriba.

 

 

 

 

 

[1] Filosofía del Arte y Estética, Yves Michaud, 2009. https://ddd.uab.cat/pub/disturbis/disturbis_a2009n6/disturbis_a2009n6a3/Michaud.html

Disturbis ha sido la revista de los Másters de Estética y Teoría del Arte Contemporáneo Pensar l’Art d’Avui y Gramáticas del Arte Contemporáneo del Departamento de Filosofía de la Universidad Autónoma de Barcelona.

Publicación Semestral. ISSN: 1887-2786

Dirección: Jèssica Jaques, Gerard Vilar. Consejo Editorial:  Félix de Azúa, Valeriano Bozal, Noël Carroll, Alexander G. Düttmann, Anna Maria Guasch, Jordi Ibáñez Fanés, Vicente Jarque, Rosa Mª Malet, Chus Martínez, Christoph Menke, Yves Michaud, Joan Minguet, Miquel Molins, Francisca Pérez Carreño, Martí Perán, Oriol Pibernat

 

 

[2] MORIN, Edgar, Sur l’Esthétique, Éditions Robert Laffont y Éditions de la Maison des sciences de l’homme, París 2016

[3] CASTORADIS, Cornelius, Les Carrefours du Labyrinthe, Ed. La Coleur des Idées, Seuil, 1998

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