Autoreflexiones

Autoreflexiones

Una manera mayoritaria deproyectar la arquitectura contemporánea proviene de un comportamiento referenciado o guiado basado en poner en cuestión la disciplina, es decir un proceso de eclosión inmerso en una actitud autocrítica, basado conceptualmente en las condiciones productivas del objeto, o en otras palabras, una línea de pensamiento donde no se trata tanto de valorar la naturaleza íntima del objeto arquitectónico, sino su capacidad para producir, ya sea oxígeno, zanahorias, metros cuadrados o paz social. Desde esta óptica se puede llegar a decir que la arquitectura se aleja de su tradicional autonomía disciplinar para enfrentarse a una reflexión abierta acerca de la disciplina misma. Se sitúa en los límites disciplinares. En realidad, desde este enfoque se puede constatar que la arquitectura se fundamenta contemporáneamente en un cuerpo conceptual basado en la autorreflexión crítica. Más nítidamente, se puede afirmar que hoy la arquitectura se encuentra fuera de la arquitectura.

La autorreflexión disciplinar es la forma de la inteligencia del momento, circula entre antropólogos, escritores, sociólogos o cineastas. De hecho, no hay escritor que no reflexione sobre la escritura, ni cineasta que no lo haga sobre la disciplina o el lenguaje cinematográfico. Igualmente, no hay arquitecto que no utilice como método creativo para la conceptualización de su arquitectura, una batería de cuestiones acerca de la arquitectura misma.

Para entenderlo desde otra perspectiva, la acción de proyectar arquitectura en las últimas décadas del siglo XX y principios del XXI venia estimulada por la creación ex-novo de un edificio, y en casos más ambiciosos, por la creación in-pectore de un estilo de hacer edificios. Una época donde imperaban los ismos. Ese estímulo inicial dejaba fuera de ámbito creativo la crítica a la propia disciplina. En otras palabras, se hacía arquitectura sin cuestionar la idea de la arquitectura misma. Algo así como hacer arquitectura desde la arquitectura.

En un giro copernicano sin precedentes, hoy buena parte de la acción proyectual se fundamenta en la crítica de la arquitectura, y como no, en la acción proyectual en sí misma. Hoy se proyecta desde los límites de la disciplina, desde la tensión que supone cuestionarse si proyectar arquitectura tiene algún valor, ya sea social, cultural o político. La arquitectura, gráficamente hablando, surge a mi modo de ver de desventrarla arquitectura misma, abrirla en canal y dejar que sus vísceras intelectuales se contaminen de otras disciplinas que en algunos casos pueden llegar a vivificarla, a provocar un desbordamiento disciplinar que la fortalecen tanto en su vertiente propositiva como en el aspecto de ser un poderoso principio activo de transformación. En otros casos sin embargo la invasión de estructuras disciplinares ajenas, llega a banalizar un proyecto de arquitectura, a diluir la carga intencional de una decisión inicialmente bien afilada.

En cierto sentido, la arquitectura, cuando se abre a otras disciplinas de manera substancial corre el riesgo de posarse fuera y lejos del oficio y de los límites de la tradición disciplinar y ese riesgo es precisamente lo que pienso que la arquitectura necesita para avanzar, para ir más allá de lo previsto.

Esa confrontación disciplinar promovida por los arquitectos desde la misma arquitectura, es decir la confrontación del arquitecto contra el corpus disciplinar de la arquitectura, obliga a una apertura de relaciones del relato de lo arquitectónico con todo tipo de disciplinas que pululan alrededor de la estructura almidonada del conocimiento tradicional.

En ocasiones la filosofía, la teoría económica o la sociología se cuelan en nuestras reflexiones proyectuales con sorprendente facilidad. En otras, es el arte que sirve de comportamiento de referencia de las ideas, algo que ha sido más habitual en las últimas décadas. Sin embargo, otras disciplinas han entrado también con fuerza en la cancha de frontón donde el arquitecto hace rebotar el proyecto contra sus paredes disciplinares. Me refiero a la publicidad, el periodismo, la antropología, el medio ambiente, el marketing y otras tantas.

En ese sentido, el arquitecto se convierte en un crítico de la arquitectura.

Eso también tiene su cara b. Según como se mire, la autoreflexión, la crítica disciplinar forma parte de la condición sustancial del capitalismo contemporáneo: la crítica como método mundializado de concepción.[1]El capitalismo de nueva generación ya no vive pendiente de las interacciones de los medios de producción o de la logística de transformación de una materia prima A, en un producto B. El capitalismo de hoy empuja sibilinamente los límites del mismísimo reino del beneficio y la plusvalía. Es decir, se sitúa en los límites de la teoría económica para centrarse en la pura praxis financiera. En realidad, la automatización de procesos, algunos altamente tecnificados, han desviado el foco de la tradicional obsesión del capital por la productividad y la eficiencia, hacia una única idea fija, la rentabilidad financiera donde impera el capitalismo absolutista sin mediación, ni canje de intereses o productos.

En otro ámbito, de una manera análoga a los procedimientos de transformación arquitectónicos basados en la critica disciplinar, dentro del contexto de la industrialización global de la producción cultural, el arte tiene el mandato de renunciar a su autonomía y hacerse útil. A diferencia de la estética marxista, que buscaba mantener la autonomía del arte para distanciarse de la propaganda ideológica, la calidad estética del arte contemporáneo ahora se mide desde la capacidad crítica de la obra de arte o desde su potencial efectividad en el campo social.[2]

En todo caso para fijar la idea de autoreflexión en los instrumentos de proyecto o de producción, deberíamos quizás especificar un poco más de que estamos hablando.

Volvamos a la arquitectura, pues.

La materia prima de la concepción arquitectónica hoy día se fundamenta en ámbitos de conocimiento que quedan lejos de su tradición disciplinar. Me refiero por ejemplo a que proyectar desde una matriz de referencias sociológicas, o de estructurar nuevos usos significativos y adaptados a la velocidad desmedida de los procesos de cambio social, o de situar los fundamentos de un proyecto y toda la cascada de decisiones subyacentes en el cálculo de un principio medioambiental que tiene como objetivo la construcción física de un objeto cuyo sumatorio de emisiones de CO2 sea 0, o por seguir con ejemplos estudiados recientemente,  someter las decisiones arquitectónicas al objetivo medible de que el propio objeto arquitectónico sea capaz de crear toda la energía que consume.

Todos estos puntos de arranque, la combinatoria de ellos, o muchos más que harían la lista interminable, son maneras de entender hoy la arquitectura que hace unos años, apenas unas décadas, no entraban en los cánones de lo que se podía entender por arquitectura. Diría que aún hoy, aproximaciones de este tipo no son todavía bien recibidas por una parte importante de la profesión. Por otro lado, esta manera de pensar la arquitectura parece muy instalada, diría por suerte, en las nuevas generaciones de arquitectas y arquitectos, menos apegados a lo disciplinar.

Efectivamente, en términos históricos, parece que la arquitectura va perdiendo la autonomía disciplinar. La arquitectura, tanto como objetivo y como fin, es subsidiaria de otras disciplinas que socialmente se leen y se asumen como de mayor importancia para unos momentos difíciles, caóticos y en muchos casos desesperantes. Como hemos evocado al referirnos al arte, la arquitectura se transforma en herramienta y pierde su condición simbólica. La arquitectura así genera una contraestéticaque se codifica a partir de su capacidad de convertirse en útil a otras disciplinas

Quizás por suerte, dirán algunos entre los que me cuento, quizás desgraciadamente dirán otros, la capacidad de proyectar arquitectura se pone al servicio de alguien o algo que no es la arquitectura misma.

Si nos fijamos bien, la herramienta de la autoreflexión crítica alrededor de la estructura disciplinar ha borrado de un plumazo el universo condicionado de lo arquitectónico para llevarlo a otro lugar. Un lugar del que apenas ahora empezamos a conocer el nombre, su naturaleza, sus códigos y sus valores. Un lugar, eso sí, en el que nos encontramos con muchas identidades diferentes y dispares, un lugar que ya no está confiado a los interpares, a losnuestros, sino que, por el contrario, está poblado por múltiples otros, con otras lecturas, miradas y herramientas para medir.

De este nuevo lugar no esperemos un retorno disciplinar. De este nuevo lugar se vuelve metamorfoseado, transformado, hechizado en ocasiones, desorientado en otras.

En todo caso, la autoreflexion como lectura crítica de lo fundamental, difícilmente puede llevarnos, si se mantiene un cierto rigor, al mismo sitio del que se había salido. La visita a los límites, sean estos los que sean, nos convierte en limítrofes debido a que el antiguo centro se desplaza a esa nueva periferia. En definitiva, desplazarse a los límites cambia la posición del centro.

Como decía recientemente la filósofa Marina Garcés, vivimos una época que se pregunta por sus límites, así que bienvenidos al reino de la disparidad reflexiva y a los límites de lo real.

En la imagen Cloud Gatede Anish Kapoor, 110 toneladas de acero pulido instalada en Chicago

[1]GUIHEUX, Alain, Le Grand Espace Commun, Metis Presses, Geneve, 2017

[2]Ver Materialismo Estético y Capitalismo Absolutista, Irmgard Emmelhainz en http://campoderelampagos.org/critica-y-reviews/14/12/2018

 

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