El Exilio de la Belleza

El Exilio de la Belleza

De una desgarradora dulzura

una armonía perfecta, genuina,

armonía en lo más hondo de nuestros corazones.

Michel Houellebecq

En ciertos momentos, como asteroides, se cruzan libros en nuestra trayectoria diaria que tienen la capacidad de poner el dedo en la llaga. Quizás el fervor espiritual de una Semana Santa plagada de nubarrones y ventoleras ha exacerbado mi ya de por sí menguado instinto religioso, pero de la misma forma que una cerilla ilumina de un fogonazo una habitación oscura, L’exile de la Beauté, de Rudy Ricciotti,[1] el provocador arquitecto marsellés, aterriza a un lado de la mesa.

Sin duda, el primer impacto tiene que ver con la elección afinadísima del título, que resume en apenas cuatro palabras las múltiples preocupaciones acerca de una tema mayor, tanto para la arquitectura, como para la vida cotidiana de cualquier ser humano que campa por este destartalado planeta convertido en un inmenso desguace.

Y es que el encabezamiento de este libro, que toma la forma de preguntas adecuadamente servidas por el escritor David d’Equainville y repuestas indisimuladamente elaboradas por Ricciotti, encierra la respuesta al enigma del paradero donde la belleza se encuentra. Si no se percibe la belleza por ninguna parte en estos tiempos ásperos es por que la belleza ha tomado el camino del exilio.

De una forma u otra, los nacidos en el siglo pasado hemos sido educados alrededor de la centralidad de la idea de belleza. Ya sea desde la aceptación conservadora de los cánones de belleza heredados del neoclasicismo de mediados del siglo XVIII, o por el contrario, por la afinidad estética que provoca la revolucionaria reacción a los principios neoclásicos, que surgió a caballo del siglo XVIII y XIX en la forma del movimiento cultural del romanticismo, la belleza como pregunta fundamental forma parte de los pilares educativos y aspiracionales de la identidad de los individuos hasta bien entrada la mitad del siglo XX.

A partir de los 60’s, las reglas del juego se transforman de tal manera, que desde entonces la belleza y el pensamiento filosófico e intelectual sobre lo bello va desplazándose hacia la periferia de las inquietudes de la sociedad, hasta el punto, que apartada y ninguneada, la belleza queda confinada en el exilio.

Como expresivamente escribía hace apenas unos meses el doctor arquitecto Luís Ruiz Padrón en un pequeño artículo en el periódico La Opinión de Málaga,[2] en tiempos de Pericles, todo ateniense debía proclamar bajo juramento que legaría una ciudad mejor y más bella que la que a él le había sido trasmitida. Esa era la condición necesaria para adquirir la condición de ciudadano: la de comprometerse con los ideales que caracterizaban a la polis, implicándose en la defensa de sus deberes cívicos. En lo que a nosotros respecta, todavía hoy nos enorgullece creernos hijos de Grecia, pero hemos traicionado su legado. Hemos exiliado la belleza. 

Decía Albert Camus que, para los griegos, los valores eran anteriores a toda acción, y marcaban, precisamente, sus límites. Nosotros, en cambio, hemos puesto el impulso de la voluntad en el centro de la razón, que se ha vuelto asesina. Construimos complejos argumentos para justificar la demolición de unos ideales que pretendidamente defendemos.

Ese es el camino, el del exilio, el que la belleza ha tomado en nuestra estructura de significados culturales y sociales, y precisamente por eso, en momentos de melancolía o de lucidez, la buscamos y la invocamos, como quien de repente se acuerda como si se tratara de una imagen bellamente necesaria, del esplendido porte del perro del vecino que merodeaba por el jardín en la casa de nuestra infancia. La belleza ya no existe más que como un recuerdo.

Ricciotti nos guía por el camino que el canon de lo bello, en su concepción más clásica, ha tomado como noción fundamental. El libro condensado en una atractiva narrativa, entre rabiosa y afilada, apunta las dificultades para que la belleza persista en nuestra rastrera sociedad, plagada de indisimuladamente sucios intereses mercantiles, del desdén del que en otros tiempos fueron sus valedores, entre ellos los arquitectos, y de la indolente retórica configurada alrededor de ese abandono fatal. Curiosamente, y eso vale como crítica al libro, no hace referencia a la poesía, quizás la última trinchera donde la belleza se esconde a golpe de imágenes encubiertas detrás de palabras concentradas que en ciertos casos aún conmueven. O como evocadoramente apunta Enrique Villagrassa acerca de lo que el considera los diez poetas contemporáneos de la literatura española, de lo que sí estoy seguro es que la belleza está en poner palabras al drama de la vida y afrontarla a corazón abierto. Hay que inventar y construir mundos. Hay que escribir con sinceridad vital y poner al descubierto tanto la pasión como el dolor. Hay que lograr que los versos se peguen a la piel como el sudor en verano y la humedad en invierno.[3]

En todo caso, el exilio de la belleza es una dinámica evidente, entre otras disciplinas, en la de la arquitectura.

Ahora bien, ¿a qué naturaleza esencial de belleza Ricciotti se refiere?

Me permito lanzar una densa sombra de duda sobre los principios fundamentales del libro, o en el mejor de los casos, promover una pregunta que me parece necesaria; y es que ¿no será que estamos en los albores de una nueva belleza? ¿no estaremos en un excitante momento donde se produce un episodio de discontinuidad de una realidad sólo aparentemente continua?[4]

Quiero abrir con esta pregunta el campo hacia una intuición que me inquieta.

Lejos de la visión melancólica acerca de la belleza, quizás nos encontramos ante una bifurcación fundamental, donde de forma irremediable, emerge un nuevo concepto de belleza, al que ni Ricciotti, ni evidentemente, yo mismo, vamos a dar cuenta. En el caso del arquitecto francés, por que todo el libro supura una especie de auto homenaje, de compilación retórica para engordar una cierta necesidad innata de provocar. En mi caso, porque entiendo que el asunto es más interesante y poderoso de lo que aparenta, y eso requiere de muchas más lecturas y conversaciones que regruesen una línea argumental que vaya más allá de la mera intuición.

Así que ahí lo dejo.

La imagen es un fotograma de la película de Jean Cocteau , Sangre de un Poeta, de 1930

[1] RICCIOTTI, Rudy, L’Exile de la Beauté, Les Editions Textuel, París, 2019

[2] https://www.laopiniondemalaga.es/opinion/2019/03/23/exilio-belleza/1076700.html

[3] http://librujula.com/actualidad/1149-los-10-poetas-espanoles-del-momento

[4] En la Teoría de las Catástrofes, René Thom se centra en el punto crítico en donde aparece la bifurcación de un sistema en forma de discontinuidad. En otras palabras la Teoría de las Catástrofes es un método matemático descriptivo de los procesos morfogénicos de la naturaleza basado en teoremas de la geometría de n dimensiones. Las catástrofes son definidas por los cambios bruscos y discontinuos producidos por la variación continua de fuerzas dentro de un sistema. Ver THOM, René, Stabilitè Structurelle et Morphogénèse, InterEditions, París, 1972.

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