Mutaciones Antropológicas

Mutaciones Antropológicas

Pier Paolo Pasolini advertía de una mutación antropológica en la sociedad italiana de los años 70 inducida por la penetración desbocada de una cultura del consumo. Bajo su punto de vista el modelo de consumo inducido por un neocapitalismo en ciernes, en esa época, trastocaba capas del ser que ni tan siquiera el fascismo había tocado. Como consecuencia, todas las respuestas desde la repuesta política, a la cultural, pasando por la filosófica, debían ser repensadas.

Bajo la óptica contemporánea, esta reflexión de Pasolini, no solamente amanece como acertada sino que parece premonitoria a la luz de la realidad social actual, donde el modelo de consumo está tan desbocado y afecta a tantas y tantas esferas de las relaciones y los códigos entre individuos, que se hace difícil pensar cuál sería la magnitud del disgusto de Pasolini ante este panorama.

La irrupción de la sociedad de consumo masivo e indiscriminado de bienes y servicios de los años 60 y 70 ha sido remplazada en esencia por una sociedad de consumo masivo e indiscriminado de símbolos amparados por una construcción falaz de imágenes robadas. Consumimos como respiramos, sin entender los procesos de transformación titánicos, que a caballo de la eficiencia, han permitido llevar infinidad de productos innecesarios a una cantidad desorbitada de hogares de los 5 continentes.

Últimamente se habla mucho de los microplásticos y los vórtex de basura y desechos que se concentran en ciertos lugares de océano atlántico y pacífico. Pero hagamos un ejercicio previo para dibujar borrosamente los límites del problema.

En Funeral en Berlín, una espléndida película de espías de 1966 con un joven Michael Caine y un siempre resolutivo Guy Hamilton como director, la narración abre con un plano secuencia de una cocina ya instalada en el consumo masivo, aparecen una tostadora, una radio, un teléfono, cubiertos, platos y alguna que otra maquinaria destinada a liberar tiempo bajo el paraguas de la eficiencia.

Si observamos atentamente, apenas encontraremos 2 o 3 objetos de los que aparecen en dicho plano que sean derivados del petróleo bajo la múltiples formas del plástico. Ahora, esa secuencia, rodada en una cocina más o menos estándar de clase media londinense, aportaría la constatación de una práctica totalidad de objetos donde el plástico, en todas sus variantes, forma parte de su composición material.

Por tanto, hay una primera mutación física de nuestro mundo, ya detectada por Pasolini, que iba más allá de una dislocación estética. En el tiempo récord de unos 50 o 60 años, hemos pasado de entender el mundo como un jardín a ordenar, a comprender el mundo como un gigantesco vertedero. Y es que debajo de la alfombra de parques, avenidas y edificios se acumulan ingentes cantidades de desechos que alborotadamente trasladamos de un lugar a otro con la esperanza de que al no verlos desaparezcan. Nada más infantil ni estúpido. Hoy la corteza terrestre supura basura.

La segunda gran mutación, igualmente antropológica en su sentido y sus consecuencias, y más cercana a la advertencia de Pasolini, tiene que ver con la plastificación de los símbolos y la banalización de unas imágenes desustanciadas que se imponen por alud, por exceso y por omnipresencia. Al igual que los vórtex oceánicos de desechos, la mutación digital de nuestra sociedad ha convertido nuestro córtex cerebral en una corteza que supura la basura de infinidad de imágenes banales. Las tecnologías digitales, han mutado nuestra percepción y nuestra sensibilidad hasta atrofiar alarmantemente la capacidad de manejar señales no discursivas, dejando nuestra potencia sensible encerrada en la función de un código previsible.

La atrofia de esa sensibilidad es la atrofia de la empatía tal como se desarrolla magistralmente en Fenomenología del fin, del filósofo Franco Berardi. Y el resultado de esa atrofia es la imposibilidad de sentir-con, de sentir al otro como prolongación de mi existencia y de mi cuerpo. Normal, cuando todo lo que se me ofrece es basura, física y simbólicamente hablando. Las redes sociales no dejan de atreverse una vez y otra, a intentar cambiar mi oro, es decir mi tiempo y mi identidad, por la quincalla multicolor de materia de desecho, al igual que los españoles intentaron intercambiar el oro que portaban los nativos suramericanos por alahas y baratijas de colores chillones.

En ese sentido se ha expresado brillantemente también Rem Koolhaas en una malísima entrevista de Luís Alemany en El Mundo, en la que enfurecidamente  Koolhaas le espeta al advenedizo periodista, Instagram no contiene la belleza. La reemplaza. La experiencia de la belleza no tiene nada que ver. Instagram no identifica ni aprovecha la oportunidad que se le abre.

En otras palabras, el alud de imágenes digitales al que me refería antes, no contienen la belleza, solo en apariencia los filtros precocinados ofrece el bling bling de un mundo quincalla, el brillo hediento de plásticos de color saturado y belleza vacía.

En fin, el plástico que nos envuelve, la basura sobre la que cada mañana desayunamos nos convierte en un monstruo insensible, nos muta en un animal con la sensibilidad atrofiada para lo otro, para lo que se aleja de nuestro campo visual inmediato.

Mutamos en basura humana, por puro contagio con la basura diaria con la que lidiamos, ya sea esta real o simbólica, en forma de pajita de plástico con la que tomamos un refresco, ya sea en la forma de una imagen plastificada en cualquier red social que asépticamente construye un mundo de alfombras destinadas a esconder la miseria estética.

Y en medio de esa dislocación mutante solamente queda la arquitectura, que afortunadamente, debido a su falta de inmediatez le queda aun el tiempo para mirar de reciclar la basura, construir una imagen a golpe de esfuerzo físico y quedar enmarcada en una disciplina arcaica y marginal, pero todavía necesaria.

Creo que los arquitectos deberíamos confabularnos para retrasar innecesariamente nuestros proyectos, alejarlos de la eficiencia y la inmediatez, provocar dilataciones en un tiempo más amplio, capaz de favorecer la empatía, la apertura no codificada al otro y a lo otro y poder así construir refugios, libres de plástico y de basura para devolver a la realidad imágenes libres de un envoltorio banal.

Sin que eso sirviera de mucho, Pasolini nos lo hubiera agradecido.

En la imagen el filósofo Franco Berardi alias Bifo.

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