Tectónica[1]. Impresiones del Museo Soulages

Tectónica[1]. Impresiones del Museo Soulages

El edificio se desarrolla a través de una disposición inaudita. La constelación de volúmenes no está compuesta. Está cruzada por una materia arquitectónica espesa de varios metros de profundidad. El edificio es un juego de vacíos rasgados a un gran volumen inicial que ya no existe. Estos signos, creados por el proceso de arranque tectónico, evolucionan a lo largo de una horizontal que cose los restos formados por cajas de diferentes alturas y anchos, como sillares irregulares sin relación aparente que evolucionan a lo largo de la axialidad del eje que los atraviesa.

Los volúmenes arrancados a la masa tectónica metálica dejan entrever pequeñas manchas sin motivo reconocible, en la superficie sutilmente irregular del acero cortén. Estas manchas destacan por una cierta capacidad reflectante en un mar de marrones y sienas opacos, ofreciendo un cromatismo discreto en constante variación. Los elementos expresivos del edificio parecen pues extraídos violentamente de una masa inicial que ya no veremos nunca. Una masa que los arquitectos en algún momento tuvieron entre manos y fueros forjando, hasta crear unos vacíos contundentes.

La espesa capa de óxido del acero sobre la que se desarrollan las acciones anteriormente descritas vienen a presentar una superficie opaca singular. Las partes oxidadas absorben rabiosamente la luz, y apenas oscilan entre un siena rojizo y un marrón oscuro, dependiendo de la concentración de las nubes del cielo, o la generosidad de los claros azules. Los volúmenes de acero se muestran así como cajas de luz retenida. Contrariamente, las escasas zonas donde el acero aún se muestra en su estado original, más grisáceo que marrón, más reflectante que mate, se producen explosiones de luz diferentes las unas de las otras. En algunos casos trazas repetitivas verticales, dan la idea de una seriación, de alguna acción repetitiva. En otras, las más caprichosas a la vista, aparecen disonantes en el mar de coloraciones oxidadas. El contorno de estas manchas reflectantes, son propias de la precisión inmediata de un accidente instantáneo, si bien, en la gigantesca superficie de metal de las caras de los diferentes paralepípedos, guardan una apariencia de calma y dulzura, de una temporalidad larga y apaisada, lejana de toda concepción que obtiene como resultado de un gesto apresurado.

El conjunto de volúmenes, tanto aquellos que se desplazan inconscientes hacia la pendiente en la fachada norte, como los que reposan plácidamente en la fachada sur son de una fuerza expresiva considerable. Ya sea por la disposición primaria de los volúmenes, ya sea por la tectónica tensada por el vacío entre ellos o por la contundencia de una escala urbana que se escapa al ámbito de medidas cercanas a la antropogénesis humana. Los volúmenes, todos diferentes entre ellos, forman un signo múltiple que liberan una fuerza de atracción poderosa.

El espectador, se enfrenta a una experiencia visualmente inédita, en lo que concierne a experiencias tectónicas anteriores. La rapidez como los volúmenes quedan dispuestos, la lentitud aparente del oxido de las superficies, las intensidades lumínicas de los fogonazos reflectantes de ciertas partes de la fachada, en contraposición a la opacidad dominante del resto, el signo a la vez único y múltiple del conjunto, toda esa fenomenología matérica se despliega en un solo e intenso instante.

Curiosamente el edificio no muestra nada reconocible de su funcionamiento interior, apenas el gran voladizo de la entrada hace suponer un acceso. El edificio es mudo en su lectura aparente, no hay ventanas, tan solo hay una transparencia, y esta es de orden urbano, una transparencia en forma de escalera para pinchar perpendicularmente el edificio, pero dejando siempre fuera al osado ciudadano que escala sus más de 60 escalones. No hay signos ni códigos. El edificio funciona fuera de todo sistema de representación transportando al espectador fuera de lo visible.

El poder de atracción y de impregnación del Museo Soulages, con su eje  central, y la composición disonante de trazas volumétricas producto del vaciado de una materia tectónica original, se explica en parte por la reducción a dos agentes fundamentales, el color rojizo del oxido y sus múltiples declinaciones, y la materialidad dominante, el metal, capaz de envolver tanto una piel exterior, como una piel interior. El resultado evoca tanto los grafitis de nuestras ciudades como las composiciones algorítmicas. Y a la vez, hay algo ancestral e imperecedero en el conjunto edificado, algo fuera de tiempo,

El visitante es libre de los movimientos y las emociones que produce el edificio, pero queda atrapado por los efectos lumínicos y los cambios de color. El edificio ejerce un poder. Quedamos atraídos por un mundo geológico en ebullición, y al mismo tiempo nuestros ojos se resisten a cambiar la manera habitual de ver. El visitante en fin , es el testimonio ocular de las facultades de una arquitectura que transciende el mundo inmediato y renueva las relaciones con el universo de lo oculto y lo telúrico.

Paradójicamente, o no, eso mismo podemos decir de la obra de Pierre Soulages

 

[1] Este escrito es un texto por traslación. Llamo así a aquellos textos en los que cambio el sujeto principal de la narración, por otro de mi conveniencia. El resultado habitual y sorprendente expresa perfectamente aquello que pienso. Estos textos, como es el caso, dejan más rango de libertad cuando tengo que traducirlos, por lo que poco a poco se convierten en textos propios. Aun así, son textos que nacen con una deuda a la que hay que rendir cuentas. Por tanto, este texto merece un contexto y una explicación. El texto surge de una visita el jueves 09 de Agosto de 2018 al Museo Soulages en Rodez, pintor al que conozco y admiro desde hace años. A la salida, como suele ocurrir, entre otros libros, acabo comprando Pierre Soulages, de Robert Fleck y Hans Ulrich Obrist, de Manuella Editions. El libro habla de Pierre Soulages en modo teórico. La visita me dejó marcada una profunda impresión, principalmente debida al notar la poderosa simbiosis entre el museo concebido por Rafael Aranda, Carme Pigem y Ramón Vilalta y la obra donada para la ocasión por Pierre y Colette Soulages. Al día siguiente, seguramente sugestionado por esa impresión, empiezo a leer el texto Le povoir de l’image, e inmediatamente me doy cuenta de que el texto describe tanto la obra de Soulages como el edificio.  Sin poder contenerme, empiezo a traducir el texto al castellano y a insertar el edificio del museo en substitución del cuadro Peinture 159×202 cm, 30 Octobre 2015, acrylique sur toile. Confieso de esta manera que este texto, maliciosamente manipulado, pertenece quizás más a sus autores originales que a mí mismo y que en última instancia pido que no se tomen a mal semejante aprovechamiento descarado.

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