De lo Genuino

De lo Genuino

La arquitectura hasta en un cierto momento se sustentaba sobre el capitalismo de las apariencias.

Efectivamente, asumíamos que existía una declinación necesaria hacia la noción de lo sucedáneo en la producción de una arquitectura sometida a una temporalidad de bajo vuelo y alto presupuesto, que amparaba una cierta supremacía de la apariencia, por encima de la autenticidad. El relato que aconteció a partir de ese momento es bien sabido.

Surgió una crisis financiera que acarreo una crisis de identidad de la arquitectura, que acabó provocando una catarsis colectiva que hizo que unos no pudieran justificar su trabajo sin ser abucheados, otros cambiarán rápidamente de chaqueta y los terceros, por ley de vida, más jóvenes que los anteriores, empezaran vigorosos a proyectar y construir desde otros parámetros, lo que abrió enormemente el campo de oportunidades para construir una voz propia.

Si nos fijamos, desde 2008 a 2018, es decir, en apenas 10 años, el cambio de rumbo discursivo de la arquitectura ha sido radical en su reposicionamiento y sorprendentemente rápido en la transformación de su propuesta de valor.

De alguna manera la arquitectura está recuperando un rol que había tenido con anterioridad, al igual que la fotografía o el cine. Antes, la arquitectura ostentaba el estandarte de una cierta noción de lo verdadero. De echo de un cierto modo, si la fotografía era la verdad del instante y el cine la verdad del tiempo, la arquitectura era la verdad de la sociedad. En otras palabras cada marco artístico era en sí mismo un descriptor de un mundo observado desde diferentes ámbitos estéticos que atesoraban el valor de lo genuino. Me refiero por supuesto al rol de estas disciplinas en el marco temporal de los años 60.

Había entonces una confianza suprema en la capacidad de la herramienta disciplinar para transformar la realidad hacia una lógica de lo genuino. Confianza que quizás estamos hoy recuperando.

Esta recuperación de lo genuino nos confronta a una reflexión impensable hace tan solo una década, ¿qué diferencia existe entre lo genuino y lo verdadero? ¿O entre lo auténtico y lo original?

Creo que sobre estas preguntas, como mecidas por un mar de fondo, basculan las intenciones primigenias proyectuales de la arquitectura contemporánea. La diferencia entre lo genuino y lo verdadero, al igual que la diferencia entre lo autentico y lo original son en buena medida las palancas de apoyo que de forma consciente o inconsciente se están utilizando hoy, al menos en parte, para pensar la arquitectura.

Los adjetivos auténtico y original a menudo son considerados como iguales en sus significados, y sin embargo, aunque es cierto que guardan cierta relación, también es importante saber que no significan lo mismo. No todo lo auténtico es original y viceversa.

La palabra auténtico se emplea para referirse a algo que es confiable y que no ha sido falsificado. Quiere decir que algo es genuino, pero esto no necesariamente significa que también sea original. Se dice que algo es auténtico cuando no ha sido adulterado o sometido a procesos que no están aprobados o regulados por algún organismo o institución que se encargue de dicho trabajo. Lo auténtico es lo que ha sido aprobado y cumple con los requisitos impuestos. Es confiable porque cumple con todos los estándares que permiten su aprobación.

Se suele dar mucha importancia a la autentificación de documentos, papeles y joyas. Cuando la gente piensa que estos elementos son auténticos, depositan su confianza en ellos y en las consecuencias que les traerá la posesión de los mismos. Me parece que esta consideración es hoy fundamental en arquitectura. Una arquitectura es fiable si se percibe la autenticidad de su relato, la falta de adulteraciones, en buena medida si se entiende que esa arquitectura y esos arquitectos han desarrollado la capacidad de resistencia ante la facilidad de tomar atajos o cortocircuitos para conseguir un efecto final preconcebido. La arquitectura auténtica y genuina no se envasa, se presenta cruda de pensamiento y no admite maquillajes ni disimulos, tanto intelectuales como estéticos.

Sin embargo como su nombre lo indica, original tiene que ver con el origen; lo primero en su clase. Cuando decimos que algo es original, estamos diciendo que ese algo es el primero de su tipo y que no es una réplica de uno anterior. Para comprenderlo adecuadamente las réplicas de un objeto pueden ser auténticas, pero sin duda no son originales; ya que el objeto original fue el primero en haber sido creado. Las cosas originales no sufren cambios y modificaciones con el tiempo, sino que se conservan tal y como han sido desde un comienzo. Ejemplo de esto son algunos monumentos y escritos antiguos. Y en este sentido, para preservar la originalidad en el tiempo, en muchas ocasiones hay que embalsamar para que las propiedades del origen no se corrompan. Otro ejemplo de algo original somos nosotros mismos. Cada uno de nosotros es único y diferente a los demás, no existe, de momento, una copia de cada uno y nadie puede ser exactamente igual a otro. Por lo tanto, algo original es algo único e irrepetible. Lo original es real y lo auténtico es confiable. Ambos conceptos no se refieren a la misma cosa. En arquitectura prefiero sin duda lo autentico a lo original.

Verdad es lo que es verdadero, o el hecho de serlo, o el carácter de lo que lo es. Es, por tanto, una abstracción; la verdad no existe: solo hay hechos o enunciados verdaderos. Pero esa abstracción es lo único que nos permite pensar. Si no hubiera nada en común, al menos para el pensamiento, entre dos proposiciones verdaderas, no tendría sentido decir que lo son, ni decir, intelectualmente, cualquier cosa: todos los discursos serían equivalentes y no valdría nada. No existiría ninguna diferencia entre un delirio y una demostración, entre una alucinación y una percepción, entre un conocimiento y una ignorancia. Sería el final de la razón y la sinrazón[1]

Esta reflexión se me antoja totalmente adecuada para hablar de arquitectura. Como dice Comte-Sponville, la verdad no existe, y por tanto la arquitectura verdadera en esencia tampoco.

Sin embargo la arquitectura genuina, aquella que conserva toda la autenticidad de sus características propias o naturales es hoy más real que nunca.

En este sentido me parece mucho más interesante aquello que de genuino tienen la producción arquitectónica de estos últimos años. Y de esa producción viva y ágil detecto con preocupación también el tufo moralista de lo que algunos han llamado como arquitectura honesta, que de forma automática evangeliza sobre el bien y el mal.

La arquitectura que proviene de un modo de pensar auténtico y genuino no requiere de ningún tipo de honestidad, necesita de una posición que responda precisamente a lo autentico de su propuesta y a la autenticidad de su proceso en forma de una arquitectura genuina. Lejos de una arquitectura original y aun menos de una arquitectura verdadera u honesta.

La arquitectura no es buena o mala, no es equiparable a una sentencia moral. Y aún menos la arquitectura es honesta o deshonesta. Son en todo caso los arquitectos los honestos o los deshonestos. Al contrario, hay algo de eterno engaño en la arquitectura. Hay una proyección simbólica donde lo que ves no es lo que es, y con ello se funda una arquitectura poderosamente enraizada con la cultura. De echo, la arquitectura siempre es algo más que lo que presenta. Tiene una dimensión necesariamente escondida. La arquitectura tiene más que ver con un truco de magia que con una corrida de toros. Esa es la diferencia entre simbología y esteticismo, entre erotismo y pornografía, entre arte y propaganda.

Me parece de muy dudoso recorrido una pequeña parte de la arquitectura actual que de forma ladina se ha colado en el discurso de lo genuino. Esta, pretende presentarse bajo la fórmula lo que ves es lo que es, sin mediación emocional ni estructura intelectual. Y más dudoso aún, que esa arquitectura se empeñe en catalizar su valor a través de una falsa pobreza.

La arquitectura contemporánea debe apuntar hacia lo genuino y lo autentico. Y eso conlleva un aparato más sofisticado que la simple pornografía de una pobreza voluntaria de medios. La arquitectura se conjuga con las aspiraciones culturales, con las demandas sociales, con la realidad económica y la responsabilidad energética, y para ello debe mantenerse en el justo balanceo entre lo auténtico y lo genuino.

 

En la imagen el Centro Cívico Cristalerías Planell de H Arquitectes y foto de Adrià Goulà

[1] COMTE-SPONVILLE, André, Diccionario Filosófico, Ed. Paidós Contextos, Barcelona, 2003

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