Inmovilismo Mórbido

Inmovilismo Mórbido

Después de la instauración del estado de excepción inducido por la gran crisis económica, hemos podido constatar como la arquitectura se pudre como un fruto maduro al calor excesivo de un ocaso sin final. Desgraciadamente el estado de excepción se impone como norma, lo cual entra en plena contradicción de términos. La falsa excepcionalidad de este estado de la cuestión adquiere la forma de una violencia fría, desalmada y lamentable.

Lamentable, en tanto que este estado de excepción acoge como un ronroneo decadente los lamentos, no ya de un colectivo profesional, sino que cínicamente aglutinados, también la excepción forma parte del marketing del lamento de la administración, los colegios profesionales y los actores privados del entramado económico y social que gira en torno a la arquitectura. En fin, que la excepcionalidad del momento fija honorarios y respetos rebajados a la altura del betún.

Desalmada, en tanto que la urgencia nos ha robado la empatía. En una lógica de la depredación por defecto, tu desgracia es mi oportunidad y tu acierto es mi condena. Nos estamos envileciendo a marchas forzadas y nos defendemos con posiciones más radicales, menos reflexionadas, más viscerales y menos humanas. Tergiversamos con atónita frialdad argumentos pasajeros que nos envuelven en un falso halo de protección, cuando en realidad, ejecutamos de forma impecable los procedimientos de exclusión de lo otro. Sálvese quien pueda!

Violenta y fría, en tanto que si bien no sufrimos el azote de un asalto sangriento, sin embargo tomamos cada día brutales cantidades de despreció hacia nuestro valor y esfuerzo en forma de una contraprestación económica, social y cultural cada vez más exigua y ridícula. La arquitectura esta siendo sometida a una paliza sin parangón y los arquitectos somos el objeto contundente donde rebotan los golpes.

Una aclaración, cuando hablo de arquitectura, hablo de la práctica profesional que realizan los arquitectos, no de la calidad de una arquitectura que incluso en posiciones tan difíciles y a fuerza de una mágica dosis de pasión y voluntarismo se realiza con extrema nitidez en los enunciados e impecablemente ejecutada en su resolución en este país. Para muestra un león!

Hasta aquí el análisis; Veamos pues las propuestas.

Nada.

Nuestro entorno, desde nuestro vecino a nuestro decano, desde nuestro político a nuestro cliente se han instalado en un inmovilismo mórbido, paralizador y paralizante. No hay nada mínimamente efectivo que pueda ofrecer un camino de esperanza. Nadie está ejecutando ninguna orden que proteja la cultura de la arquitectura, nadie, escudado por una repentina vocación de realismo empírico está aceptando entrar a fondo en el juego de un olvido obsceno que condena la arquitectura a un mero medio de subsistencia.

Nada en el horizonte.

Tan solo miles de pequeñas renuncias consentidas al principio y forzadas después. La injusticia se ha incrustado incluso en nuestras palabras y en las humillaciones cotidianas, las frustraciones repetidas y los horarios de trabajo ilimitados. Al trabajo de arquitecto se le ha amputado la humanidad y a nadie le importa. Solamente hace falta analizar que hay más allá de iniciativas vacías de todo sentido cultural, social y económico. Ni leyes, ni maquillajes, ni congresos. Eso es ruido de fondo de una práctica abusiva que reta a un arquitecto decente a hacer una arquitectura decente con unos honorarios decadentes que planean por debajo del 3% cuando antes de la excepción volaban al 6%.

Nada arriba.

Las políticas se llenan de palabras morosas que por repetición y falta de cuerpo se han transformado en un vomitorio de intenciones declamadas, recogidas y transportadas posteriormente al ingente basurero de los brindis al sol y las actitudes laxas. No hay más que una endeble atmósfera que va erosionado el espíritu y asqueando las expresiones de sometimiento. Solamente nos queda lloriquear mudos y extraviados bajo el ritmo impuesto por la máquina que nos somete apenas a una simple subsistencia. Así, la idea que nos empuja y nos empodera , la pasión por la arquitectura, nos acaba escupiendo y paralizando.

Nada más.

No podemos esperar nada más cuando la confabulación es tan fenomenal. Cuando nuestros mayores en rango, en un ejercicio de superioridad moral, nos ofrecen todo su apoyo envenenado para mantener a ralla su poder de opresión. Nada más que esperar de quien no vale nada, quien no aspira a nada, de quien no es nadie, ni ya representa nada. Tan solo puede y sabe oprimir. Y en su lugar, aspavientos y declaraciones falseadas de optimismo torticero. Y sobre todo la medida bien tomada.

La debacle fenomenal que ha supuesto la aniquilación programada de los valores culturales, sociales y económicos de la arquitectura como práctica, monta a caballo de la imposibilidad real de tomar el tiempo necesario para pensar e imaginar cuando se nos ha instalado astutamente en la urgencia cotidiana. Esa es la verdadera medida que mantiene el equilibrio entre la desesperanza y la falta de violencia caliente. Esa es la vara que mantiene al asno en el camino, al final de la cual se ha colgado la famosa zanahoria, hoy tan pequeña y resecada que incluso el asno ni la llega a ver con claridad.

No hay así resoluciones radicales ni revoluciones efectivas, solamente inmovilismo, puro inmovilismo mórbido.

Consecuencias

España es un país de grandes arquitectos, igual que Francia, que la Gran Bretaña, igual que India o China. Igual que Argentina o Portugal. Que más da. España es un país igual que los otros. A partir de una cantidad suficiente de vocación, sabe hacer florecer el gran talento. Ese gran talento capaz de afirmarse por muy destructivas y opresivas que sean las condiciones del entorno. Eso no está en peligro. El pequeño puñado de arquitectos brillantes siempre existirá, y si no existe, se provoca y se promueve, como ya ha ocurrido otras veces y en otros países. Es una cuestión de interés nacional.

Lo que no va a ocurrir nunca más, si seguimos instalados en el inmobilismo mórbido, es la inconcebiblemente alta calidad de la media de la arquitectura española. La arquitectura corriente, la que se ejecuta desde el máximo rigor aunque la proyección y el presupuesto disten de ser generosos, la que uno se encuentra todavía hoy, tras la esquina insospechada de un pueblo de provincias, tras el enésimo bloque anodino de viviendas de periferia, la que resuelve admirablemente con apenas medios una esquina de una plaza. Esta arquitectura grande, inconmensurable, que surge de mucho talento repartido y sobre todo de mucho talento alimentado por un sistema que valora el esfuerzo anónimo y local de miles de pequeñas firmas que disfrutan creando arquitectura de la buena, popular, admirable.

Esto es a lo que vamos directos. A la masacre de la arquitectura de talento distribuido. Y tras esa masacre, como no, cientos de miles de personas condenadas a convivir con la banalidad al 3%, los ciudadanos y los usuarios de esas arquitecturas, que por pura avaricia y falta de interés acabarán vulgarizándose y abaratando sus vidas.

Esa es la gran obra de nuestros decanos, nuestros políticos y nuestros administradores, un trabajo impensable por vasto, pero ejecutado con la eficiencia que da la inmoral desidia de quien vive asegurado en su inmovilismo mórbido.

En la imagen, Fulcrum de la pintora británica Jenny Saville (1999, Óleo sobre lienzo, 261 x 487)

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