La Dictadura de la Aptitud

La Dictadura de la Aptitud

Leí una vez una frase brillante de Ángela Molina que inmediatamente copié en mi bloc de notas. La cita, lejos de perder un atisbo de pervivencia, viene a ponerse en primer plano al pensar en algunos arquitectos o en algunas arquitecturas. La cita venía a decir más o menos algo así: La dictadura de la aptitud, naturalmente excluye la altanería.

Parece una reflexión alambicada pero por el contrario, es bien simple. De hecho viene a decir que el talento está reñido con la chulería. Sin embargo hay matices remarcables en la cita que no se pueden pasar por alto.

La primera reflexión es la atención puesta por la exigente horma de la aptitud. El talento, la capacidad, la aptitud, al menos en arquitectura, se transforma en una herramienta opresiva, agobiante, en definitiva dictatorial. Y eso es bien cruel. Si nos fijamos bien, exigimos de la forma más brutal a aquellos arquitectos que nos han fascinado alguna vez con su obra, que no nos decepcionen. Nos sentimos traicionados si no han estado a la altura de la excelencia. No permitimos obras menores, como si el talento y la aptitud fueran un pozo sin fondo. Cierto, pero a la vez, no deja de ser el producto de la admiración. Nos reconforta permanecer encadenados al talento de los demás.

Me gusta especialmente el uso de la palabra aptitud, que he vulgarizado por la de talento en mi intento de traducción a vocablos más fáciles de asumir, y me gusta tanto, como por estar menos contaminada que talento, como por ser una palabra más esforzada. Indica que uno es apto, que tiene aptitudes, y de inmediato, o al menos a mi me ocurre, entiendo que detrás hay determinación y fuerza. Sin embargo talento me parece más mágico, más arrogante y más fútil. A no ser que se entienda como una vez lo describió Miguel Milà en una conversación informal, hablando con él precisamente de la aptitud y el talento, cuando a modo de resumen me espetó, Miquel, el talento es una larga paciencia… Brillante, enternecedor, viniendo de alguien con tanta capacidad y grabada la frase al fuego, para el resto de mis días.

También me agrada la palabra altanería, que sin duda está muy olvidad hoy día, y sin embargo refleja especialmente bien la actitud opuesta de muchos arquitectos, o muchas arquitecturas, que al contrario de lo que formula el aforismo, basculan hacia la altanería al ser conscientes de su falta de aptitud.

En fin, esta máxima la encuentro muy interesante porque pone en relación el objeto de ese talento, en este caso se entiende que la arquitectura, con el carácter del autor. La arquitectura que produce y la personalidad de quien la produce.

Quiero con ello poner en valor el trabajo, la dedicación, la fuerza y si, en definitiva, la grandeza, de una terna de arquitectos enormemente aptos, yo diría que escandalosamente talentosos, que atesoran la enorme condición de ser infinitamente poco chulescos, si es que aceptamos chulesco como sinónimo de altanero, cosa que no tengo totalmente clara.

Algunos los conocéis y os invito a retomar sus trabajos. A los que no conocen su trabajo ni su actitud, os invito a entrar de forma abierta y dispuesta en sus obras y proyectos, sean estos en forma de concursos, obras, exposiciones y/o textos y a la vez os invito a conocerlos personalmente. Una delicia.

En todo caso, y seguramente de ahí este pequeño homenaje, en estos últimos años he tenido el privilegio de cruzar conferencias, charlas cortas y mensajes con Carlos Quintans, Josep Ferrando y Carlos Pereda. Y de visitar o conocer en profundidad la casa en la Sierra del Corel, el edificio, hoy en construcción, para la Universidad Torquato Di Tella en Buenos Aires y la Escuela Infantil La Milagrosa en Pamplona, obras emocionantes por orden, de estos tres arquitectos.

Tres arquitecturas y tres arquitectos que entienden que la ambición arquitectónica no está reñida con la humildad. Una lección para no olvidar.

Por suerte, mientras escribo esto, me vienen a la cabeza un buen puñado de otros arquitectos que cumplen con esa doble condición, enormemente aptos y empecinadamente poco altaneros, pero para ser fiel a mi primera y fugaz reflexión, quisiera simplemente nombrar a estos tres maestros de la arquitectura y de la actitud a modo de modesto homenaje, así como a tres proyectos de arquitectura tan aptos y talentosos como poco altaneros de manera que no me resisto así a plasmar esa sensación de que alguien debería haberlo dicho antes, cuando hay alguna ocasión que lo merece.

Aquí por tanto queda dicho.

En la imagen, las tres obras citadas, de izquierda a derecha, la casa en la Sierra del Courel, las plantas del edificio para la Universidad Torcuato Di Tella en Buenos Aires y la Escuela Infantil La Milagrosa de Pamplona.

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