Las 7 Dimensiones de la Arquitectura; El Tiempo

Las 7 Dimensiones de la Arquitectura; El Tiempo

¿Cuantas dimensiones tiene la arquitectura?

Esta es una reflexión docente que nos presentaban en los primeros cursos de la carrera. Recuerdo que en las clases de composición de la ETSAB, cuando la docencia era todavía pre-digital, nos hablaban de las 4 dimensiones de la arquitectura. Las del espacio y la incorporación del tiempo.

Esa declaración, en ese contexto, ya salía poderosamente de los cánones establecidos y se consideraba avanzada.

Sin embargo, en la mayoría de los casos el papel del tiempo se circunscribía a ciertos arquetipos históricos que la arquitectura visitaba con asiduidad. Así, quedaba claro, que no había demasiado espacio para la invención, ya que la arquitectura era una combinación de espacio y tiempo pasado. O dicho de otra manera, el ejercicio de la arquitectura no consistía en nada más que en una puesta al día de arquetipos que se pueden detectar a lo largo de la historia.

Esa afirmación de la arquitectura se sustentaba en una condición. Si la sociedad no cambia la arquitectura no se transforma. De esta manera se justificaba la irrupción del movimiento moderno, un proceso de transformación profunda de la arquitectura, en paralelo a la transformación profunda de la sociedad, inducida por la revolución industrial que llegaba a catalizar un nuevo modelo a principios del siglo XX.

A finales de los años 80, época en la que estudiaba, la versión oficial consistía en asumir que la sociedad venía a ser una versión optimizada de aquella a la que el movimiento moderno sirvió, por lo que en esencia, los valores y principios de ese movimiento, convenientemente revisados y puestos al día, eran más que suficientes para hacer arquitectura en 4 dimensiones.

El contexto de la ETSAB de ese momento y las líneas directrices que la lideraban, desde una visión local y acotada del concepto de la arquitectura, eliminaban de raíz las brutales transformaciones que la década de los 60 habían introducido en todos los niveles de relación entre ciudadanos. O dicho de otro modo, corrían un velo ante la contracultura y los movimientos sociales que se desplegaron en los países desarrollados tanto en Europa como en Estados Unidos.

La sociedad atrasada por el franquismo apenas dejaba entrever unos extraños movimientos de fondo implantados en las sociedades occidentales y ante ellos se respondía con un cierto pánico a la pérdida del status quo, forzando lecturas sesgadas, teñidas de falsa contemporaneidad y retórica post marxista. O en otras palabras, algunos decidieron que la magnitud del cambio era de tal calibre que una sociedad intelectualmente diezmada como la española no podría soportar tal zarandeo, de forma que en pequeñas dosis se irían despejando e introduciendo ciertas transformaciones siempre bajo el control de la intelligentsia dominante. El espejo de esa manera de entender la arquitectura era Italia, Rossi, Gregotti etc.

En definitiva, aún posicionándose en la vanguardia de un país en retaguardia, la dimensión del tiempo no dejaba de remitir al pasado y al orden, y en definitiva a mira al futuro por el retrovisor.

La naturaleza contemporánea del tiempo, es hoy bien otra.

Vivimos en tiempo de colapsos. El tiempo, dimensión abstracta y etérea como pocas, se ha hipertrofiado de tal manera que ocupa el espacio central de la condición proyectual.

El tiempo es determinante en la arquitectura, al igual que el espacio. Y de la misma manera que los tres ejes del espacio, el tiempo se desarrolla por una triada de vectores determinantes.

El tiempo en arquitectura se define por la simultaneidad del pasado el presente y el futuro.

En otras palabras, tal como nos enseñaron, proyectamos a lomos del pasado, entendiendo el contexto, o como se dice hoy proyectamos sobra la base de una lógica site specific. No por antiguo o por clásico, esta condición sigue siendo hoy fundamental. Pero además hay una aceleración del pasado que ha remontado hasta el tiempo futuro haciendo del presente una condición esencialmente dinámica. Dicho de otra manera, también proyectamos desde el presente, teniendo en cuenta el pasado y legando sobre el futuro, y en esa interrelación poliédrica, las combinaciones son múltiples.

El tiempo así entendido, en tres dimensiones, se abre a consideraciones de reversibilidad. Es decir, el tiempo se debe tomar en cuenta para permitir que la arquitectura pueda evolucionar, adaptarse a usos desconocidos que vendrán a impactar en una obra de arquitectura para la que un edificio debe estar preparado. El tiempo se prolonga a lo largo de la arquitectura acompañándola con otras consideraciones. Y la estrategia proyectual de la arquitectura debe reconocer esas otras potencialidades. Eso conlleva que la arquitectura siendo especifica, no deba estar concebida de manera cerrada o fija.

El valor de una arquitectura se define por tanto por su capacidad de respuesta. Una respuesta a un tiempo precedente y contextualizado, desenvuelta ante los retos del tiempo actual y abierta a otros momentos y usos en el futuro.

El tiempo entendido de esta manera pasa de la columna del debe, a la columna del haber. Es entrada y salida a la vez.

En resumen, la arquitectura se desenvuelve entre los tres ejes del espacio y los tres vectores de tiempo, pero, ¿y la séptima dimensión?

Creo que la séptima dimensión es el comportamiento relacionado con el uso. Esa dimensión social que cosifica la arquitectura en el destinatario. La gente, las personas, los usuarios, llamémosle como queramos, son imprevisibles e impactan en una arquitectura hasta el punto de cambiarla de razón, si hace falta.

Aquellos que finalmente vivirán las arquitectura que proyectamos no están sujetos a una lección de principios arquitectónicos ni nadie se ha tomado la libertad de explicar porque esa arquitectura es de esa manera y no de otra. Y por suerte, aunque otros dirán por desgracia, entre esas personas que harán un uso intenso de nuestra arquitectura, las hay obedientes, caóticas, desafiantes, transgresoras, educadas, conscientes, etc. Es más, incluso podemos llegar a afirmar que estas y otras muestras de comportamiento social pueden residir en la misma persona, de la misma manera que hay días que estamos de buen humor y días que no.

En definitiva, la séptima dimensión de la arquitectura es la gente a la que va destinada la misma y eso no lo deberíamos olvidar nunca, por muy complejo y aparentemente inasible que sea incorporar estas variables en las decisiones de proyecto.

O pensémoslo al revés, sin ellos, sin los usuarios, no hay arquitectura.

En la imagen Variations of Incomplete Open Cubes de Sol Lewitt. Esculturas de madera pintadas en blanco (122 piezas) Cada pieza. 20,3 cms. Fotografias y dibujos (131 piezas) cada pieza: 66×35,6 cms.

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