En lo Bello

En lo Bello

Aquello que de forma general llamamos la belleza, ¿es una cualidad contemplativa o solamente podemos admitir que hemos estado cerca de la belleza cuando de alguna manera entramos en lo bello de forma relampagueante?

La pregunta encierra una respuesta real y otra, algo más aspiracional. Quiero decir que la experiencia de lo bello la asumimos habitualmente como espectador que admira algo que llama la atención por su armonía, su carga emocional o simplemente nos encontramos en un momento de especial sensibilidad en el que estamos capacitados para ver en lo bello, pero por desgracia, en pocas ocasiones somos en lo bello.

Difícilmente podemos experimentar aquello que llamamos bello como una experiencia donde estamos dentro. Y sin embargo en algún momento de nuestra vida llegamos a entender la belleza formando parte de ella. Algo así como si hubiéramos podido atravesar la infinita distancia que nos separa de aquello que contemplamos, y que por arte de magia, conseguimos formar parte, lo que nos deja extasiado.

En una reciente lectura de Félix Ruiz de la Puerta, El Espacio Arquitectónico o El Esplendor de la Belleza,[1] el autor, hablando de la construcción del paisaje, nos relata la experiencia del dibujante Frederick Franck cuando de forma mística alcanza a comprender que ha transitado momentáneamente por el espacio imaginario de lo bello, siendo él mismo, parte de ello; En una tarde oscura – entonces tenía diez u once años – andaba por un camino vecinal; a mi izquierda una pequeña extensión de coles rizadas, a mi derecha algunas amarillentas coles de Bruselas. Sentí un copo de nieve sobre mi mejilla, y en la lejanía vi un cielo gris carbón que se acercaba lentamente anunciando una tormenta de nieve. Permanecí inmóvil. Algunos copos cayeron alrededor de mis pies. Unos pocos se derretían cuando tocaban el suelo. Otros permanecían intactos. Entonces oí el sonido de la nieve cayendo, con el más suave silbido. Permanecí completamente paralizado, escuchando… y conocí lo que nunca puede ser expresado: que la naturaleza es sobrenatural, y que yo soy el ojo que oye y el oído que ve, que lo que es exterior sucede en mí, que el exterior y el interior son inseparables.[2]

En el ámbito que nos ocupa, el espacio que rodea al autor es claramente un espacio envolvente. Toda la condición bella de las sensaciones se basa en que el sujeto y el objeto, así como las condiciones que relacionan a ambos, son una unidad, un misma estructura sensible. Y es que en realidad, hablar de lo bello es hablar de lo sensible y de las condiciones para que eso sea tenido en cuenta.

O dicho de otra manera más contundente, no se puede hablar de apreciar lo bello, sino de ser en lo bello. El pequeño relato de Franck así nos lo transmite. Lo bello no es aquello que viene en forma de tormenta o cae en forma de copos silenciosos de nieve, lo bello se produce cuando todo eso, junto con las coles de Bruselas, el frio en la mejilla y sobre todo, el personaje que observa, forman, por así decirlo, un momento de comunión que hace surgir la belleza, o en todo caso, que fija en el protagonista un momento en lo bello que quedará esculpido en su colección de recuerdos.

Más allá.

De lo que estamos hablando es de una estética especifica que aborda la condición de lo bello, en lo bello. Y no quiero hacer un galimatías con eso. Quiero ejemplificar simplemente que la experiencia estética de lo bello es una estructura emocional que ocurre desde la absoluta identificación con una espacio y un tiempo, y es aquí donde realmente pienso que la arquitectura debe volver a lo bello, en lo bello. No puede renunciar a lo bello!

Edgar Morin, en su última publicación, Sur L’esthétique, habla de ese sentimiento estético. La emoción estética, de donde nace la impresión de belleza, es sin duda humanamente universal. Pero más allá de eso y como emoción sin duda compleja y socialmente dinámica tanto en su significación como en su categorización a lo largo de la historia, conviene acercarse pausadamente a una reflexión algo más profunda y controvertida.

Morin se pregunta acerca de la naturaleza de lo estético.

Para completar el caleidoscópico estado de lo bello o de lo estético, el autor crea por oposición un estado directamente ligado, el estado poético. Es decir, la comprensión de lo bello, en lo bello, se compondría de dos estados no necesariamente contrapuestos sino complementarios, el estado estético y el estado poético. Uno puede encontrar el estado poético en la comunión, en el amor, en el juego, en la fiesta, pero estas situaciones sobrepasan el sentimiento estético, englobando ambos. La fiesta nos introduce en un estado poético y estético a la vez suscitando su propia embriaguez euforizante. Estamos tan habituados a considerar nuestra identidad de manera fija y estable que nos olvidamos que somos muy diferentes entre el estado tranquilo y el estado de las emociones.

Defino este estado secundario –el estado poético-, como un estado o una emoción que nos transforma. Por tanto el estado poético es un estado donde podemos palpar el amor, la admiración, la comunión, el asombro, nos podemos sentir transportados, transfigurados e inspirados. En el límite, es un estado místico sin ser religioso. Y se intensifica a través del entusiasmo, esa bella palabra que en su origen significa “poseído por un dios”.

Si contraponemos estas dos lecturas de ser en lo bello, obtendremos una maravillosa paradoja. Ser en lo bello, sentir lo bello, es a su vez una noción profunda, mística, llena, donde el tiempo se detiene y se eterniza, y eufórica, poseída e instantánea, donde el tiempo adquiere la forma de un chispazo deslumbrante.

Es un multiestado, sin patrón claro de comportamiento, pero con estructuras fijadas cultural y socialmente compatibles que potencian la idea de compartir.

Y este último matiz sí que lo encuentro importante.

La belleza debería ser una herramienta solidaria en lo cultural y lo social, pero diría más, también en lo económico, en lo tecnológico y en lo medioambiental. Y creo en ello firmemente porque el sentido último de lo bello es compartir – no confundir con la manoseada expresión de que compartir es bello, que no por dejar de ser cierto es más obvia -. Lo bello une, crea empatía entre los individuos, entrelaza voluntades, construye cadenas de solidaridad.

Lo bello bien vivido, bien recibido, bien envuelto, bien convulso y bien apaciguado actúa como aglutinante.

Lo bello es inasequible al egoísmo, al desasosiego, a la mezquindad.

Lo bello, de lo bello y en lo bello, es generosidad voluptuosa, desacomplejada y radicalmente arraigada en lo común.

Por eso me creo desde la convicción más absoluta que, en lo bello reside lo cierto.

En la imagen unos empleados de Christie’s cuelgan la obra de Lucien Freud Benefits Supervisor Sleeping, 1995

[1] RUIZ DE LA PUERTA, Félix, El Espacio Arquitectónico o El Esplendor de la Belleza, Ediciones Asimétricas, Madrid 2015

[2] FRANCK, Frederick, The Zen of Seeing, Editorial Wilwood House, London, 1973

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