Un Fragmento de Tiempo

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Un Fragmento de Tiempo

Hay una contradicción evidente que sufrimos todos aquellos que nos dedicamos de una forma u otra a la arquitectura. Mientras la vida que nos rodea, el trabajo, el ocio, la familia, los amigos, las relaciones, las semanas y los días, se aceleran de forma absolutamente delirante, la arquitectura sigue avanzando a pasos agigantadamente lentos y desproporcionadamente largos. Hay como una especie de imagen borrosa en primer plano de escenas alocadas e imágenes distorsionadas y un fondo cansino, avariciosamente sosegado y pesado.

Quizás los arquitectos nos hemos acostumbrado a esa contraposición estructural de nuestras vidas y quizás también gracias o por culpa de ello, nos sentimos un poco fuera de foco en la vida social. Eso explicaría en parte nuestra natural tendencia a la endogamia, o a nuestra fama de personajes más que de personas. En mi caso en particular, como aborrezco soberanamente los clichés y los prejuicios, procuro no hacer evidente en ninguna de mis actividades la presencia de esa dislocación entre el tiempo social y el tiempo arquitectónico. Pero por supuesto, como cualquier arquitecto que se precie, sufro esa contradicción como el que más

En todo caso, esa distancia abisal, me procura no poca zozobra en cuanto las lecturas o los escritos despiertan ese monstruo.

Y esta sensación incómoda y desagradable ha vuelto con toda su intensidad leyendo El Aroma del Tiempo,[1] de Byung-Chul Han.

Algunos fragmentos me llaman la atención solo empezar esta maravillosa colección de reflexiones sobre la temporalidad de nuestra sociedad atolondrada y la necesidad de ahondar en el arte de demorarse.

Primer impacto, la gente envejece sin hacerse mayor. Es posible que no hagan falta muchas más palabras para describir cientos de reflexiones, aspectos o ideas que alguna vez se nos han pasado por la cabeza. Evidentemente, en una sociedad teen, donde se valora por encima de todo la estupidificación hormonada de actos tan absurdos como asustar a la gente vestido de payaso terrorífico o reducir nuestra capacidad reflexiva a un like or not to like, los jóvenes y los ya no tan jóvenes, van acumulando semanas, meses y años manteniendo intacta la edad del pavo cerebral. Tomamos populismo para desayunar, comemos estupideces al mediodía, nos vulgarizamos con deportes desorbitadamente absurdos por la tarde y gemimos como cretinos ante una nueva producción de entretenimiento televisivo por la noche. En otras palabras, nos vamos envejeciendo biológicamente pero permanecemos anclados a una adolescencia sentimental y una inmadurez intelectual aterradora. Incapaces de entender la relación entre derechos y deberes, entre la necesaria contraprestación de sufrimiento y desgaste que toda vida lleva consigo y enfrentados a la contingencia de la vida sin mas armas que nuestra debilidad mental, avanzamos atónitos en medio de una carrera acelerada de tiempos atomizados cayendo en cascada.

Y mientras tanto, negamos la mayor, y nos alejamos de todo aquello que requiere un mínimo esfuerzo de comprensión, un mínimo intento de inteligencia aplicada y un mínimo de capacidad crítica con aquello que nos rodea. En otras palabras, y haciendo un dibujo que no por cruel me parece menos creíble, exigimos ser mimados por la vida y por los demás como si de un derecho fundamental se tratara nos negamos en redondo a entender ni a nada ni a nadie. Obsolescencia adolescente.

Con esta actitud más o menos consciente e infinitamente alejada del sosiego y el retiro cíclico del primer plano de la actualidad, hemos conseguido precisamente que el presente se convierta en una sucesión de picos de actualidad. El presente ya no dura.

Y es que la gran enseñanza que proporciona la arquitectura y que sinceramente creo que los arquitectos y los urbanistas deberíamos saber explicar con un esfuerzo pedagógico sin precedentes, es que el problema no reside en el futuro, el problema principal de nuestra contemporaneidad es la falta de densidad y peso específico de nuestro presente. Y eso, alarmantemente tiene dos consecuencias inmediatas, la disipación paulatina del pasado y la imposibilidad de futuro. Una especie de limbo del no-tiempo.

La infantilización de todo lo que nos rodea y de todo lo que sabiamente nos ponen al alcance de la mano, provoca que al igual que la capa de ozono, el presente poco a poco se vaya haciendo más y más delgado. En palabras de Han, la causa de la contracción del presente o de esta duración menguante no se debe, como suele pensarse equivocadamente, a la aceleración. El vínculo entre la pérdida de la duración (del presente) y la aceleración es mucho más compleja. El tiempo se precipita como una avalancha porque ya no cuenta con ningún sostén en su interior. Cada punto del presente, entre los cuales ya no existe ninguna fuerza de atracción temporal, hace que el tiempo se desboque, que los procesos se aceleren sin dirección alguna, y precisamente por no tener dirección alguna no se puede hablar de aceleración. La aceleración, en sentido estricto, presupone caminos unidireccionales. La propia verdad es un fenómeno temporal.

O dicho de otra manera, apenas podemos contar para hacer arquitectura con poco más que con unos fragmentos de tiempo.

Y si la materia prima de la arquitectura, que es el tiempo, queda tan desmenuzada por este atolondramiento adolescente al que me refería al principio, ¿con que construimos la arquitectura del presente?

Aun más, y poniéndonos en modo catastrofista, si la creciente discontinuidad, la atomización del tiempo, destruye la experiencia de la continuidad y el mundo se queda sin tiempo, la arquitectura, ¿tiene alguna posibilidad de supervivencia?

Por supuesto que no tengo la respuesta, y en ciertos momentos creo que no hay supervivencia posible, y en otros pienso que la arquitectura es capaz de subvertir incluso el tiempo, dejando una leve esperanza escrita en el aire.

Pero francamente, mientras el modelo de aceleración atomizado que todo lo fragmenta siga creciendo exponencialmente a la velocidad de la luz, mas difícil va a ser hablar, pensar y vivir la arquitectura, al menos tal como la entendemos ahora.

O simplemente deberíamos de empezar a dejar de construir en piedra y comenzar a construir con arena, que no es más que piedra fragmentada.

Incapaz como se ve de poder dar con una respuesta satisfactoria, prometo seguir perdiendo el tiempo pensando en el tiempo.

En la imagen un fotograma de la película The Road, del director John Hillcoat del año 2009, basada en la novela homónima de Cormac McArthy del 2006.

[1] HAN BYUNG-CHUL, El Aroma del Tiempo, Herder Editorial, Barcelona 2015

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