Una Metafísica de lo Bello

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Una Metafísica de lo Bello

En la colección de pequeños textos que van desgranándose en este espacio de reflexión teórica sobre la arquitectura, se puede seguir el rastro de una inquietud por la desaparición de ciertas categorías fundamentales. Categorías, vale decirlo, que han estado asociadas a la arquitectura desde siempre.

Una que ha tenido aportaciones deliciosas en el texto de Carlos Pereda Pon Belleza en tu Vida, es la categoría de lo bello.

Parece que en un momento áspero y abstracto, lo bello dejo de ser importante en arquitectura. Debo confesar que al escribir esto, no tengo claro si me refiero al surgimiento de las vanguardias artísticas de principios del siglo XX, o al surgimiento distópico de las respuestas amorfas a la crisis dolorosa de principios del siglo XXI.

En realidad, eso da lo mismo. La falta de dulzura de la admirable arquitectura de vanguardia, o el enconamiento en el feísmo ilustrado de principios de este siglo, tienen muchos puntos en común y a la vez, muchos puntos de fuga diametralmente opuestos.

Sea como fuere, la belleza deja de ser una preocupación y un objetivo primordial de la arquitectura y eso me parece una perdida.

Hay mucho de bello en muchas obras de Alvar Aalto y no por ello son menos modernas que las obras de Mies o Le Corbusier. Igualmente hay una profunda asunción de lo bello en ciertas obras contemporáneas, y no por ello no dejan de ser el producto de la crisis global en la que todavía hoy estamos inmersos.

Pero la categoría de lo bello, aquello bello, que sonoramente recitaba el poeta, tiene miles de caras, reflexiones y aportaciones que si bien, en algunos casos provienen de muy atrás en el tiempo, siguen teniendo una validez irrenunciable, incluso en estos tiempos feos.

Me refiero por ejemplo a la metafísica de lo bello del filósofo Ralph Cudworth.

La filosofía de Cudworth es una filosofía del espíritu que mantiene abierta la posibilidad de la persistencia de un platonismo a partir de la concepción del bien como estructura intelectual. Más aún, el bien, proviene de un ser absolutamente perfecto, eterno al que se le atribuye la perfección del universo.[1]

Para Cudworth existe un orden más elevado de conocimientos, quizás un orden complejo dicho en términos más contemporáneos, que el nacido de la simple experiencia sensible o de las verdades ininteligibles.

Este reconocimiento de un orden autónomo de ideas y del espíritu sostiene la fundación filosófica del universo dentro de un primer principio intelectual.

Cudworth defiende una jerarquía de valores que le permite afirmar que aquello que comporta la mayor perfección no puede nacer de aquello que es menos perfecto. La actividad del espíritu no puede por tanto surgir del cuerpo o las sensaciones, en tanto que menos perfectos estos últimos, que el primero, en tanto que provienen de la condición de la materia. En definitiva, Cudworth es lo que llama el True Intellectual System, defiende que el espíritu nunca puede ser engendrado por la materia y el cuerpo, puesto que ambos están desprovistos de significación.

Existe entre el mundo sensible y el mundo inteligible una diferencia de naturaleza que viene del hecho que el espíritu es una substancia incorpórea donde el valor de la potencia de su actividad no puede surgir de la imperfección y la pasividad de las cosas materiales.

El origen y la fuente del universo provienen de un principio espiritual que gobierna toda filosofía de la naturaleza; el todo es anterior a las partes y atesora una inteligencia eterna, actual, perfecta, que gobierna todas las cosas y se extiende hasta los confines del mundo sensible por emanación.

Si asumimos, ni que sea parcialmente, esta metafísica de lo bello de origen esencialmente platónico, deberemos convenir que nos encontramos ante una categoría abierta a múltiples significados, secretamente obscura en su rastreo y contundentemente cierta en cuanto a la raíz de su existencia.

Sin duda alguna, la belleza, tiene algo de metafísico, algo de inalcanzable por la pura praxis o la razón seca. La belleza se aloja en lo sentido, lo experimentado y lo admirado, sin que pueda ser reducida a una fórmula científica o matemática.

La belleza no es física ni química, pero tiene algo de las dos. No reside en un algoritmo, ni se basa en la forma de una coliflor. La belleza sobrepasa el entendimiento y debe seguir, según creo, de esta manera.

Solamente entonces, nos seguiremos preguntando por su irrebatible fuerza de atracción, solamente entonces nos llevara poseso a su búsqueda y solamente si sigue secretamente velada nos dejará una profunda sensación de orfandad si no la percibimos en nuestras obras.

Paradójicamente, la belleza no es reproducible, no la podemos codificar, nunca la podremos poseer, pero todos, o muchos, llegaremos al acuerdo de que, no solamente existe, sino que es deseable, necesaria, irrenunciable, fundamental y hoy, todavía más difícil de encontrar.

La belleza en definitiva, abierta y descaradamente, debe seguir siendo un recurso de la arquitectura.

En la imagen, un fotografía de la que no ha sido posible encontrar el autor. Ruego que si alguien tiene información al respecto lo ponga en conocimiento. Sería un bello detalle.

[1] JACQUOT, Jean, Le Platonisme de Ralph Cudworth, Revue Philosophique, número 89, 1964

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