Forma Continua, Forma Creciente, Forma Cambiante

axonometrica 0145 FORMA CONTINUA, FORMA CRECIANTE FORMA CAMBIANTEL

Forma Continua, Forma Creciente, Forma Cambiante

La esencia de cualquier acto creativo es la comunicación de una idea original por parte del autor, a través de un medio de expresión determinado, hacia un receptor. La manera de expresar esa idea debe ser aquella que sea capaz de transmitir la intención original tan clara y plena como sea posible. Esta necesidad de claridad y comprensibilidad, todavía hoy más acuciante si cabe debido a la importancia que le dio la Gestalt Psichology, es crítica en el desarrollo de todo sentido de la comunicación.

Factores como la escala, la harmonía y las pautas deberían ser pensados como fundamentales en arquitectura a la hora de hacer comprensible cualquier intento de expresión en contraposición a las leyes, cualidades, reglas y principios de la interpretación formalista de Bruno Zevi y su exitoso Saper Vedere l’Architettura.[1] El orden formal, entonces, no puede ser considerado como un fin en sí mismo, sino como aquello subordinado a la claridad de la expresión de una idea arquitectónica.

La arquitectura, como medio de expresión, puede incidir mediante algunos elementos para que contribuyan a la ecuación expresiva del espacio. Estos elementos pueden ser entre otros, el concepto o la intención, la función, la estructura, la técnica y/o la forma. Por otro lado parece obvio que estos elementos en cuanto sean estudiados, tendrán diferente importancia en el conjunto total. Es también interesante señalar la claridad de estos elementos constituyentes de lo arquitectónico en las investigaciones iniciales de Peter Eisenman en relación al oscurecimiento que provoca la introducción de cualidades perceptivas en la ecuación arquitectónica, tal como hizo Theo Van Doesburg: luz, función, material, volumen, tiempo, espacio, color…

En el pasado, teóricos y pensadores han reivindicado que la arquitectura podría asimilarse a algunos de estos elementos, sin llegar a ponerse de acuerdo sobre la prioridad de los mismos. En Histoire de L’Architecture de Choisy, podemos considerar que la arquitectura puede ser pensada como una puesta en escena de la técnica. Sin embargo, otros teóricos de finales del siglo XIX, entre ellos Sullivan, han expresado la idea de que la arquitectura es principalmente una cuestión de funcionalidad, form follows function. Los teóricos de principios del siglo XX en cambio, se inclinaron característicamente por posiciones ligadas a la historia de la sociología cuando hablaban de la arquitectura como una expresión del espíritu del tiempo o cuando decían aquello de la voluntad de una época,[2] dando así preferencia a la idea de intención.

Sin embargo para Peter Eisenman, ninguno de estos teóricos hicieron el esfuerzo de definir el sentido preciso de los términos que estaban usando, ni el alcance ni la magnitud que cada término podría llegar a tener en relación a los otros, y por tanto, nunca llegaron a definir las relaciones de predominancia o subsidiariedad.

Hemos de tener por seguro, que la relativa importancia de estos elementos y las relaciones entre ellos, no pueden ser establecidas por meras definiciones, en tanto que esto constituiría solamente la categorización inicial del problema. Por tanto, un tipo de orden parcial como este, definido solamente por la preponderancia de un solo elemento, no puede por sí mismo, estructurar una disciplina racional para la arquitectura, y se vuelve peligroso cuando es usado de forma fraudulenta o caprichosa durante el proceso de diseño.

La raíz de la confusión dialéctica de la arquitectura que muy a menudo nos confronta con discusiones bizantinas, reside en la descoordinada e irracional invocación de estos elementos. Incluso en aquellos casos donde no hay discusión posible y todos podemos llegar a admitir por ejemplo que los dictados de la forma no son siempre totalmente reconciliables con los requerimientos funcionales, puede ocurrir que la idea de función aparezca como simbólica en una cultura concreta, y sin embargo en otra se valoren por encima de todo sus cualidades utilitarias. Un ejemplo que clarifica lo dicho son los agudos estudios destinados a desenmascarar los valores simbólicos del Renacimiento que demostraban la ética falaz de John Ruskin, desarrollados por Rudolf Wittkower en Architectural Principles in the Age of Humanism.[3]

Esto no quiere decir que los elementos nombrados sean necesariamente antagónicos, pero ocurre que cuando pesan en un razonamiento de manera parecida, su identidad significativa se pierde de manera que inevitablemente vicia el efecto del resultado.

De hecho deberíamos poder establecer una prioridad básica en arquitectura, que haga evolucionar la dialéctica entre lo relativo y lo absoluto. Para Eisenman, la proposición de esta prioridad es absolutamente crítica y de vital importancia de manera que escribe:

El entorno social, económico y tecnológico se ha vuelto aplastantemente distendido, de forma que ya no es posible percibir ningún orden significativo a nuestro alrededor. Más aún, la proliferación de nuevos instrumentos tecnológicos, debería hacer evolucionar las habilidades de los arquitectos para utilizar de manera racional todo su potencial.[4]

En realidad Eisenman no hace otra cosa que lúcidamente, empezar a invocar un nuevo orden complejo, ¿un nuevo orden tecnológico?, una evolución de la teoría de la arquitectura que sea capaz de adaptarse a los profundos cambios en que la sociedad está envuelta en ese momento, la década de los 60 y que poquísimos autores tuvieron la capacidad de leer, al menos con tanta profundidad.

Por otro lado, teniendo en cuenta las transformaciones sufridas desde los años 60 hasta ahora en los ámbitos anunciados por el autor, el entorno social, el entorno económico, el entorno tecnológico, y me atrevería a añadir también, el entorno cultural y el político, la invocación a un nuevo orden, un orden necesariamente complejo, parece profética.

En estas circunstancias, prosigue el autor, la arquitectura parece que se ha refugiado en el manierismo y el culto a su propia expresividad, un énfasis compulsivo en la creación aislada sin la menor relación a un orden total, idea ésta, muy en la línea de Colin Rowe cuando critica la abstracción en el número 107 de la Architectural Review en 1950 al comentar:

en el arte contemporáneo la abstracción hace solamente referencia al mundo personal de sensaciones y tipifica el trabajo de la mente de los artistas.[5]

Esta necesidad de expresión individual, si bien es legítima, debería enmarcarse en un sistema más amplio de prioridades, siempre y cuando se mantenga el arquitecto totalmente desprejuiciado en el momento de entender el entorno como un todo.

Eisenman argumenta en este punto que este tipo de sistemas necesariamente dará preferencia a lo absoluto como fin, por encima de fines temporales y que esta jerarquía nace de la oposición entre los requerimientos internos y externos en el momento de pensar un edificio en particular.

La diferencia de peso entre ambos factores puede llegar a producir prioridades opuestas. Esto es, el edificio puede ser concebido inicialmente en respuesta a las demandas de la función. Si este fuera exclusivamente el caso, en el sentido de que se negara la existencia de factores externos del entorno, la prioridad implícita sería siempre pensada desde las consideraciones internas relacionadas solamente con la funcionalidad del edificio en cuestión.

Si por otra parte el diseño del edificio se centra en reconocer la existencia de condiciones externas y cuando tiene que ser modificado por estas condiciones, la resolución interna del edificio queda subordinada a los condiciones del entorno, esto inicialmente establece una prioridad de finalidades relativas.

Sin embargo, si postulamos el orden externo total como absoluto, según el autor, entonces sigue que una situación específica por su verdadera naturaleza nos limita a finalidades relativas: esto quiere decir que individualmente se lee como un fin relativo en relación con el entorno.

El edificio como entidad individual no puede ser considerado como una unidad aislada, como un fin en sí mismo, sino meramente como un elemento de transición en la definición de un todo. Puede llegar a asumir una condición integral, un estado ideal por sí mismo, pero solamente dentro de las limitaciones impuestas por la asunción de un orden futuro.

En términos pragmáticos, Eisenman afirma que es imposible crear un edificio específico mediante criterios fijados por un final absoluto en el punto de mira, porque cada nueva unidad no solamente cambia el patrón inicial sino que modificará con su presencia las unidades futuras. Cada edificio debe reconocer los patrones externos dados si quiere ser admitido como parte de un orden absoluto en el futuro.

Para acabar de complicar las cosas un poco más, cualquier plan deberá tener en cuenta que cualquier orden futuro, por su naturaleza, no puede ser una constante o una entidad estática, sino al contrario, debe ser pensado como una continuidad y debe ser capaz de aceptar el crecimiento y el cambio como algo totalmente propio de su esencia.

Eisenman cree haber encontrado una manera de superar la contradicción entra la idea de lo relativo y lo absoluto en arquitectura mediante la concepción de una idea de lo absoluto, necesaria para dar orden y coherencia al todo, pero un absoluto en constante reconfiguración, es decir un absoluto relativizado por su condición natural de crecimiento y de cambio constante. Ciertamente este oxímoron, absoluto relativizado, entronca con la idea de contradicción venturiana, propia de cualquier idea de lo complejo, y empieza a hacer patente la necesidad de soluciones conceptuales mucho más sofisticadas para lidiar con la contemporaneidad.

Eisenman sigue abundando en la idea, impelido por la necesidad de clarificar tal paradójica conceptualización. Un acercamiento racional a esta particular idea de lo absoluto debe ser capaz de envolver las nociones de crecimiento y cambio, aquí también hay una línea de pensamiento que entronca directamente con Thompson, sin perder el carácter propio de la noción de origen.

La importancia que da el autor a esta idea es crítica pues permite establecer prioridades en la jerarquía del orden de los cinco elementos fundamentales que constituyen la arquitectura: la forma, la intención, la función, la estructura y la técnica.

La conclusión a la que llega Eisenman y que justifica su tesis doctoral The Formal Basis of Modern Architecture, es que si asumimos esta estructura conceptual para pensar en la arquitectura, la forma se sitúa en una posición predominante entre estos cinco elementos de manera que en esencia la arquitectura es dar forma a la intención, dar forma a la función, dar forma a la estructura y dar forma a la técnica.

La idea de forma de Eisenman esta circunscrita a la capacidad de ésta de proveer de sentido, de hacer comprensible el entorno, la forma de un edificio individual no es necesariamente el resultado de una necesidad de dar expresión a la función o a la intencionalidad de una idea, si no que contribuye más allá de esto, a dar orden, harmonía y escala al diseño al entorno, entendido este como un todo.

Es en todo caso interesante remarcar que por vías diferentes, entendiendo la raíz del problema de manera muy diferente, la línea argumental de Eisenman y la de Venturi son enormemente similares. La idea del contexto, el entorno según Eisenman, como catalizador de la complejidad, el sometimiento de la arquitectura, de su forma, a las consideraciones que puedan extraerse de una lectura atenta del lugar, ya sea éste considerado en términos casi prácticos en Venturi o elevados a categoría conceptual en Eisenman, son principios teóricos sino idénticos, si extraordinariamente coincidentes.

Podemos afirmar pues, que el cuerpo calloso contemporáneo de la arquitectura se sitúa fuera de la disciplina, ya que se encuentra en el contexto que la rodea, es decir, para pensar la arquitectura hace falta asumir la naturaleza del ámbito en la que esta indudablemente va a interactuar y esa atención a lo externo, lo exterior como génesis de la forma, va a abrir la puerta a una concepción renovada de la idea de complejidad en arquitectura.

En la imagen el logo cambiante desarrollado para el MIT MEDIA LAB por Richard The. Según el diseñador,  el logo está basado en un sistema visual, un algoritmo que produce un logo único para cada persona sea miembro de la facultad, empleados y estudiantes. Cada persona puede pedir su propia forma y utilizarlo en su tarjeta de visita o página web personal. En otras palabras, es una forma continua, pues se mantiene la imagen corporativa, una forma creciente, en tanto que hay infinitas combinaciones posibles dictadas por el algoritmo y evidentemente una forma cambiante en tanto que cada logo es único. Más información en http://www.yorokobu.es/la-identidad-cambiante-del-mit-media-lab/

 

[1] ZEVI, Bruno, Architecture as Space: How to look at architecture, Da capo Press Edition, Nueva York, 1974, p. 193.

[2] Mies Van der Rohe escribió en 1923: La arquitectura es la voluntad de una época traducida en el espacio. VVAA, Introducción a la arquitectura moderna: conceptos fundamentales, Ediciones UPC, Barcelona, 2000, p. 101.

[3] WITTKOWER, Rudolf, Architectural Principles in the Age of Humanism, W.W. Norton and Company, Inc. Nueva York 1971 (1952).

[4] EISENMAN, Peter, The Formal Basis of Modern Architecture, publicada originalmente como tesis doctoral por el Trinity College de la Universidad de Cambridge en Agosto de 1963 y posteriormente reeditada en su integridad en Lars Müller Publishers en el año 2006, p. 29.

[5] ROWE, Colin, “Manierism and modern architecture”, Architectural Review núm. 107, Mayo, 1950, p. 289.

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