Contribuciones: Carlos Garmendia. Arquitectura, Dibujo y Fotografía

axonometrica 0101 CONTRIBUCIONES KARLOS GARMENDIA 00G ARQUITECTURA DIBUJO Y FOTOGRAFIA

Arquitectura, Dibujo y Fotografía

La relación de la arquitectura con otras dos disciplinas como el dibujo y la fotografía es tan compleja como antigua y sus espectros de acción interactúan a lo largo del tiempo de tal manera que a pesar de viajar la mayoría de las veces de la mano, sus afecciones se entremezclan según el momento y las intenciones de la persona que busque algo de ellas.

Por un lado el dibujo nace, obviamente, mucho antes que la fotografía y, del mismo modo, su presencia en la arquitectura nace antes mismo de que ésta se presente como tal, algo casi totalmente opuesto a la relación que enfrenta a la fotografía con ésta última.

El dibujo se presenta como elemento necesario para construir arquitectura, como herramienta previa, como proceso que nunca termina; que empieza antes, dando forma y entidad a lo que después se convertirá en muros y huecos, en forjados y cubiertas, continúa a la par que se va erigiendo la arquitectura, mutando al mismo tiempo que la realidad del espacio tridimensional va demandando modificaciones y adaptaciones a una escala humana y social y perdura después, con los trazos definitivos que dan firma escrita a lo que ya se asienta en un terreno que nunca volverá a ser como antes.

Un proyecto arquitectónico nace desde un papel, desde unas líneas que poco a poco conforman lo que, más adelante, se convertirá en algo palpable, pisable y sobre lo cual caminaremos. No deja de ser fascinante y controvertido el hecho de poder definir en tan solo dos dimensiones algo tan complejo como el espacio y que, al mismo tiempo, esto tenga valor por sí mismo más allá de sus funciones constructivas.

La relación entre un plano o una perspectiva y un edificio construido es tan directa como independiente, tan unida como lejana. Un dibujo nos aporta datos que unas veces se reflejan a simple vista y el observador admira directamente en la obra finalizada pero al mismo tiempo muestra secretos imperceptibles a pie de obra, enmascarados por visuales imposibles para el ser humano, limitado por sus propios sentidos.

Íntimamente unidos pero con magias propias, es complicado entender la existencia del segundo sin el primero pero, a la vez, ambos actúan como si sus intenciones no fueran de la mano. La composición en un papel como obra de arte separada del edificio pero necesaria para la total comprensión de éste.

Por mucho que se intente y que la tecnología avance, un dibujo, expresión impresa en un único plano nunca podrá contarnos las sensaciones al pasear por el Panteón justo después de mediodía en un día soleado, o el olor de La Tourette en otoño oculta por una niebla casi tan pesada como el propio hormigón, ni mucho menos el tacto al acariciar el mármol del Pabellón alemán de Barcelona, son vivencias que sólo pueden sentirse dentro de la arquitectura. Pero lo mismo que un dibujo no nos contará todas esas sensaciones maravillosas, nunca apreciaremos en la Basílica de Vicenza la sutileza de sus ángulos o la precisión geométrica de la planta del Coliseo romano sin estudiar antes sus planos. Son artes complementarias pero diferentes.

Algo similar ocurre con la fotografía, relegada en el mundo moderno al papel de narrador, narrador de unos espacios, de trucos de luz y volúmenes cuando la Historia nos ha enseñado que su capacidad es infinitamente mayor que la meramente descriptiva.

Nunca hay que intentar conocer un edificio a través, sólo, de sus fotografías. Como ocurre con el papel, su información es incompleta, nos ayuda a eliminar  las distancias, a ver las cosas que quizá se escaparían en una única visita, pero nos amputa información, se encuentra indefensa ante la voracidad del directo viéndose por momentos relegada a la posición de arte imperfecto o, al menos, incompleto.

En la arquitectura, como en la vida, todo son sensaciones y el dibujo y la fotografía no funcionan de otra manera, cada una nos emociona, nos cuenta y nos hace sentir, pero cada una lo hace de una manera distinta y así debemos entenderlas. Es innecesario recordar que, si hablásemos de un único concepto que abarca a las tres, en todo momento estaríamos despreciando a dos de ellas, ya que estaríamos asumiendo, por ejemplo, que una gran fotografía supone una gran arquitectura y así con todas las demás combinaciones posibles.

Una fotografía puede relatar un instante único, esa milésima de segundo en la que el momento captado jamás volverá a repetirse, ese salto inmortalizado por Cartier-Bresson con la torre Eiffel de fondo nunca volverá a ocurrir y ahí reside su magia, aunque la torre continúe allí durante siglos y los charcos se sucedan semanas enteras nadie podrá disfrutar de un momento exactamente igual, porque en el inmediato segundo después de que el fotógrafo pulsara el disparador de su cámara, todo fue ya completamente distinto.

Del mismo modo que una fotografía puede basar su fuerza en el instante, también puede nacer de la necesidad de contar, y así visitar una cabaña de madera en Vermont con nuestros propios ojos no nos aportará tanta información como una foto de Paul Strand retratando a un campesino apostado en su fachada, ni podremos conocer toda la historia oculta en la piel de esa madera sin que el fotógrafo nos la muestre a escondidas con la maestría de alguien capaz de narrar tanto en un encuadre tan pequeño.

Y como sucede con la fotografía, no podremos tampoco disfrutar del embrujo de las perspectivas de F. LL. Wright por mucho que nos asomemos a la terraza de la casa de la cascada, ni entenderemos todo lo que nos quiere contar Tessenow con sus mágicos dibujos por más que tomemos una taza de té en un salón retratado por él mismo, ni disfrutaremos en su máxima esencia de las termas de Vals sin haber visto antes los bocetos desgarbados de Zumthor.

La magia existe en un plano, en una fotografía y en un edificio, pero esa magia se viste con ropas distintas, y calza distintos zapatos y aunque nos pueda confundir el hecho de que las tres vayan juntas a la misma cena, hay que entender que cada una tiene sus rasgos propios y definitorios, que las tres son atractivas, irresistibles y adictivas y que, al menos por esta vez, eres libre de disfrutar de todas ellas en esa misma velada.

La imagen ha sido tomada por Carlos Garmendia para este post y es un detalle de una terraza interior del atrio central del Museo Guggenheim de Bilbao.

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