Aparato Crítico

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Aparato Crítico

Sin embargo, al hacer arquitectura, nos proponemos algo. La arquitectura es un esfuerzo por ser. Es un esfuerzo por hacer visible aquello que no lo es: los pensamientos. Un pensamiento, como un sentimiento, es algo que pertenece al mundo de lo indeterminado, al mundo que no ha tomado forma todavía. Hacer visible algo es darle forma, pensando que lo que se ve existe. De este modo, al dibujar la distancia entre lo que las cosas son y lo que quisieran ser, los actos sobre la materia sí tienen voz. Pero para ello hace falta una conciencia intelectual de la materia o, dicho de otra forma, fe en la arquitectura. Y ésta no existe sin confianza en la materia: confianza en que su modo de hacerse presente, su modo de ser, es capaz de sombrear lo posible, pero también transmitirnos lo lejano de la vida. No hay arquitectura sin confianza en la materia; en su capacidad de ser, inesperadamente y por sí misma, más de lo que nosotros quisiéramos. Porque es esto, y no nuestra voluntad, lo que quedará.[1]

Tomo prestado este fragmento de un texto de Luís Moreno Mansilla con la absoluta fascinación que provoca el evocar en apenas 10 líneas, aquello que en esencia pienso que es la arquitectura. Admirable.

También es un homenaje a un hombre tranquilo y sensible capaz de entender la arquitectura en un mundo nervioso e irascible. Por último, debo confesar, que hago así explicito uno de aquellos espacios intangibles en los que desaparecer cuando el exceso de ruido se hace insoportable: los textos delicados de Mansilla, sus ideas fronterizas, suaves y rotundas a la vez. Este espacio, poblado de palabras, oraciones e ideas, es un refugio donde hacer un pulso con lo importante, con lo determinante, con el corazón de una disciplina poliédrica que atiende tanto a lo sensitivo como a lo mecánico, a lo visceral como a lo técnico, a lo humano como a lo urbano, a lo natural como a lo artificial, a lo bello como a lo siniestro.

Toda esta introducción intenta apaciguar el exceso de exabruptos que rodean ciertas discusiones acerca de la supuesta muerte de la crítica de la arquitectura. Nunca surgen desde este blog cuestiones relacionadas con la actualidad y tampoco hoy va a ser una excepción. El supuesto fin de ciclo de la crítica arquitectónica lleva décadas anunciándose, como si una corte de arcángeles anunciara el fin de mundo. Y sin embargo, coincido con muchos otros, que contrariamente a la defunción, pienso en la necesidad de un revigorizante definitivo.

Por eso he vuelto a visitar uno de mis refugios predilectos. Este pequeño fragmento de lucidez hecha texto, quizás pueda dar alguna clave acerca de la necesidad revigorizante a la que antes aludía.

Para empezar, la arquitectura es un esfuerzo por ser. Es decir, la arquitectura no es en tanto que realidad, sino que en tanto que acción. No es en tanto que resultado, sino que en tanto que proceso. Por tanto la arquitectura es un devenir, una secuencia multidimensional que no acaba nunca, que opera e interactúa con diferentes capas de la realidad. Una de esas capas es sin duda el espíritu crítico, la reflexión razonada que surge al valorar tanto positiva, como negativamente una obra de arquitectura, sea esta construida, proyectada o meramente escrita.

Ahondando: la arquitectura es un esfuerzo por hacer visible aquello que no lo es: los pensamientos. La arquitectura no es un edificio entonces, es un pensamiento que adquiere diferentes acabados. Uno, y el más común, puede ser el de un edificio. Otro puede ser el de un barrio entero o una ciudad, otro el de un texto, una película, un dibujo, una maqueta… La arquitectura es un pensamiento formalizado. Nada mejor que aportar. Nada que objetar. Ciertamente, la arquitectura, apoyada en un relato que deshilacha el porqué las formas del pensamiento adquieren tal o cual resolución, va forjando una construcción eminentemente intelectual, es decir, realizada con el intelecto. ¿Es un texto arquitectura?

Hacer visible algo es darle forma, pensando que lo que se ve, existe. Y la forma, todos lo sabemos ya, se puede dar a través de un edificio, o a través de un texto. De hecho, podría llegar a decirse que la forma de un texto tiene ganado el valor de la independencia, en relación a la forma de un edificio. En un texto crítico sobre arquitectura, solamente existe el arquitecto y la obra. No hay intermediación. En un edificio los actores que intervienen en su constitución, hacen que los procesos sean mucho más complejos y abigarrados. En cierto sentido, un texto es arquitectura directa, mientras que un edificio es arquitectura mediada.

Me gusta la idea que se desliza al final de la frase. …pensando que lo que se ve, existe. Hoy día me parece muy pertinente esta pequeña aclaración. ¿Cuanto de lo que vemos no existe? Sería un tema de largo debate e intensa discusión.

De este modo, al dibujar la distancia entre lo que las cosas son y lo que quisieran ser, los actos sobre la materia sí tienen voz. Pero para ello hace falta una conciencia intelectual de la materia o, dicho de otra forma, fe en la arquitectura. Aquí se ponen de relieve dos aspectos diferenciales entre el acto de proyectar en arquitectura mediante el dibujo, y el acto de proyectar arquitectura con las palabras. En ambos casos la presencia de la materia, y de una inquebrantable fe en la arquitectura, se hacen evidentes. En el caso de proyectar un edificio, la materia cobra voz, dice Mansilla, es decir, las herramientas proyectuales de la arquitectura son capaces de dar voz a la materia. En el caso del texto, la voz es más que evidente, pero ¿la materia? La materia de un texto crítico de arquitectura es el relato.

Hoy podemos seguir construyendo arquitectura con materias mudas y referencias vacías, pero es evidente que la sociedad ya se ha dado cuenta del tremendo engaño que ocurre cuando la arquitectura no va acompañada de un relato coherente, profundo y arraigado en su tiempo.

La materia del un texto, es la voz del relato de la arquitectura.

No hay arquitectura sin confianza en la materia; Nada más claro. Confianza en la materia, la densidad, la estructura física de la arquitectura, pero también confianza en el relato, la estructura intelectual de la misma. Una arquitectura que adquiere la forma de un edificio concreto es un aparato lógico, tan lógico como la fuerza de la gravedad o el peso del hormigón. Una arquitectura que adquiere la forma de un texto, desarrolla un aparato crítico. Tan necesario este último como el aparato lógico que sustenta las decisiones tomadas en un edificio específico.

En resumen, si asumimos que habrá arquitectura mientras existan edificio, mientras las ciudades sean, de la misma manera hay que asumir que habrá critica de la arquitectura mientras hay la necesidad de construir relatos.

O dicho de otro modo, la arquitectura y la crítica de la arquitectura son inevitables. Por más ímpetu que se ponga en enterrar la arquitectura, en hacerla desaparecer, esta surge en cada proyecto, ni que sea en términos potenciales. Otro tanto ocurre con la crítica. Por más que queramos jugar a Jack el Destripador con el aparato crítico de la arquitectura, este, cual invasor del espacio, vuelve a surgir en cada lectura, en cada texto, en cada porción de realidad urbana con la que nos topamos.

Porque es esto, y no nuestra voluntad, lo que quedará.


[1] MANSILLA, Luís Moreno, Apuntes de Viaje al Interior del Tiempo, Ed. Fundación Caja de Arquitectos, Barcelona, 2001

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