Resistir la Banalidad

axonometrica 0076 RESISTIR LA BANALIDAD

Resistir la Banalidad

¿La arquitectura entra en una nueva era? Es difícil saberlo. Lo que si parece claro es que el fin del ensimismamiento objetual ha llegado para quedarse. Con eso no quiero decir que todavía hoy no aparezcan en el firmamento edificios de una potencia formal vacía de contenidos. Algunos blogs y las revistas al uso suelen dar cuenta con ceguera de esos ejercicios de banalidad que provocan una pregunta inmediata, ¿porqué?

Sin embargo cada vez más, tanto las nuevas generaciones de arquitectos jóvenes, como algunos de los arquitectos en ejercicio, comprenden que el tiempo donde la arquitectura solamente debía responder a las ambiciones políticas de los gobernantes y a la egolatría desmesurada del eterno aspirante a entrar en el olimpo de los archistars, ha muerto. No volverá. Se ha volatilizado el tiempo de la banalidad por defecto.

Quizás sea un exceso de optimismo, pero sería bonito pensar que los proyectos que surgen desde la asunción de un cambio de ciclo proyectual, se formatean como afirmaciones positivas que ponen al otro, al usuario y/o ciudadano en el centro de las repuestas.

Con el fin de la arquitectura taxidérmica, de pieles lustrosas y conceptos muertos, la finalidad de toda arquitectura cambia de objetivo. Ahora entender el entorno social, cultural, económico, tecnológico y político, allá donde el proyecto pasará a ser una realidad vuelve a ser central. La construcción de los relatos asociados a cualquier propuesta, son fundamentales para calibrar si una intención en arquitectura se puede convertir en una ocasión construida. Y sobre todo, si esa ocasión, a parte de haber sido detectada, conlleva un avance sustancial que revierte en los demás.

Si ese proceso de re-focalización de la arquitectura contemporánea se extiende, veremos como el equipamiento abstracto deja de ser una excusa para la acción mercantil por parte de los responsables de la administración, veremos como la oportunidad de alojar personas, familias y colectivos se distancia a años luz de la mera obtención de plusvalías irrazonables y veremos también como una vez caída la venda de los ojos, replantearemos una nueva alianza con la naturaleza, considerando a esta como socia fundamental de un proceso, en lugar de una agresora de la que guarecerse. En definitiva veremos extirpar la sinrazón.

Lo que parece claro, estemos entrando en una nueva era en la arquitectura y el urbanismo, o no, es que un nuevo posicionamiento conceptual se ha instalado en el quehacer de la arquitectura. La expresión en forma de ideas y proyectos de este posicionamiento es de hecho extraordinariamente dispar y apunta, a la vez que bebe, de muy diferentes culturas del pensamiento. Sin embargo hay algo común que puede ser identificado en cada proyecto de esta nueva manera de hacer, en la forma de una especie de  sistema inmunológico que abate la banalidad. Es más, podría decirse que en el centro del debate contemporáneo de la arquitectura se ha situado el antídoto contra lo absurdo, caprichoso y banal de mucha arquitectura de los años 90 y de principios de siglo XXI. Algunos de los componentes de este sistema se plantean aquí.

De las grandes geografías

Hablar del hecho urbano y de la arquitectura hoy, es saber detectar las grandes geografías. No solamente las propias del territorio físico, sino que, igual de importante, es saber detectar la geografía social de un entorno urbano, la geografía cultural y como no, la geografía económica. Solamente desde esa especie de zoom_out es posible y creíble empezar a pensar en la arquitectura. El tiempo de las veleidades formales, parametrizadas desde un decimonónico concepto de la composición formal y la fascinación infantil por la máquina han quedado definitivamente atrás.

En realidad hemos pasado de una pseudo postmodernización basaba en una subyugación por la capacidad de cálculo de ciertos ordenadores dotados con el software adecuado, a la firme construcción de un relato basado en una lectura amplia de lo geográfico. Es decir, del bit al átomo_bit, del embobamiento por la máquina en sí misma, al uso de la máquina como herramienta de trabajo capaz de ampliar el ámbito de lo posible.

Todo es geografía y como decía Doreen Massey, la geografía importa porque en primer lugar está la relación entre lo social y lo espacial: entre la sociedad y los procesos sociales, por un lado, y entre el hecho y la forma de la organización espacial de ambos, por otro lado.[1] La visión amplia de la geografía es en definitiva una herramienta de relación entre lo físico y lo virtual, lo real y los datos, lo específico y lo grupal.

De las estructuras cívicas en red

Esta capacidad de análisis estratégica de la que parece haberse dotado la arquitectura está directamente apuntando al hecho de que la ciudad tiene un modelo de comportamiento complejo basado en las estructuras cívicas, físicas y simbólicas de la misma. Esta idea de red cívica o malla cívica interconectada es la base de una sociedad más justa, más acorde con la identidad líquida del ciudadano y en definitiva, viene a conformarse como una especie de tejido más o menos tupido que envuelve la ciudad. Esta red cívica no solamente vive de la proyección, habitualmente errónea cuando se realiza a 5 años vista de las necesidades de una sociedad cambiante en forma de equipamiento, sino que también, y sobre todo, la configura la realidad física en forma de calle, plaza o edificio que a fin de cuentas va a transferir al ciudadano una atmósfera determinada.

En realidad eso quiere decir que el proyecto urbano ya no se sustenta en los deseos de una clase política determinada a sueldo de la democracia mercantil, sino que provee de herramientas a la ciudad, como si de un ente con vida y consciencia propia se tratara, para desarrollar un crecimiento más dialogante y justo con la ciudadanía. En definitiva, un desarrollo estructurado por la empatía.

Ampliar la visión estratégica de la idea de paisaje

Esta misma empatía con el ciudadano la debemos adquirir también con el paisaje. Para ello hace falta ampliar la visión estratégica que tenemos del concepto de paisaje. El paisaje ya no es el fondo verde, ya no es escenografía de lo urbano. El paisaje y la ciudad, el paisaje y la arquitectura se funden en una sola amalgama proyectual. Eso quiere decir que tanto la ciudad como la arquitectura deberían comportarse de forma abierta, con lógicas de adaptabilidad, asumiendo plenamente el vector tiempo en su desarrollo. Darwin ya lo demostró. No sobrevive el más fuerte, sobrevive el más adaptable. Para hacer sobrevivir la arquitectura y el urbanismo, estos tendrían que asumir estrategias de adaptabilidad, de reacción al entorno y en definitiva, moldearse a partir del comportamiento de la naturaleza.

La naturaleza, así en abstracto, nos enseña que no deja pasar ninguna oportunidad para ser productiva, lo que es subproducto metabólico de una especie, es a su vez producto de primera necesidad de otra. De esta forma, la esencia de lo natural consiste en metabolizar y aprovechar en una cadena infinita el ciclo de la vida. Pensemos por un instante en una ciudad que no genera productos de rechazo. Sería una ciudad capaz de autoconstruir una cadena trófica donde la interdependencia es la ley general y el equilibrio dinámico es constante. Por tanto nada es subproducto, nada es banal. Todo tiene un valor en la multitud de procesos de lo urbano.

Renaturalizar como meeting point

Renaturalizar significa adoptar comportamientos complejos teniendo como espejo la naturaleza. Significa conocer sus procesos y aplicarlos en el entorno urbano. Significa entender, comprender y asumir el conjunto de teorías que describen el comportamiento de lo natural. Renaturalizar es incorporar la disciplina de la arquitectura, en el sentido amplio de la palabra, a las ciencias de la complejidad, ese conjunto de estudios avanzados que plantean un ámbito de conocimiento basado en el comportamiento. Es promover la alianza entre lo urbano, como expresión específica de lo natural, y lo natural, como expresión especifica de lo humano. En este triangulo, cuyos vértices son lo natural, lo urbano y lo humano, nada es caprichoso, nada es producto de rechazo. Todo se enmarca en una especie de círculo virtuoso donde la banalidad no tiene cabida.

Renaturalizar es mapificar y balizar este nuevo territorio disciplinar que surge del encuentro de las partes para constituir un todo. Es enlazar y provocar la interacción entre espacios reverberantes. Entre el espacio natural, el espacio urbano y el espacio humano.

Hacia un nuevo simbolismo, una nueva emotividad

Sin duda el factor determinante de la idea de renaturalizar es la capacidad de provocar la emergencia de una nueva concepción del espacio sensible. A partir de esa nueva realidad, más compleja, más intrincada, más rica, pero también más contradictoria, más mestiza, casi diría que más bastarda, la dimensión del observador, del individuo en tanto que usuario y ciudadano, cambia radicalmente. De forma expeditiva, podría llegar a decirse que lo puro, como categoría estética, se vuelve banal, lo ideal,  desde una perspectiva espiritual, se transforma en algo ridículo. Todo es materia, de forma que el antiguo concepto de lo espiritual, también es, en tanto que directamente relacionado con lo natural, pura materia. Pero también valdría decirlo al revés. Todo es espíritu, todo es sensible y por tanto simbólico. Todo es emotividad. La fusión, de hecho, la gran fusión contemporánea del pensamiento, consiste en la unicidad de materia y espíritu, asumiendo en lo material una dimensión sensible y reconociendo en lo espiritual una estructura material.

Si esta intuición fuera cierta, el planteo de una nueva estética íntimamente relacionada con lo simbólico y lo emotivo suena a condición necesaria. En el preciso instante en que el ámbito de lo estético no proviene únicamente de la reflexión filosófica, y trasciende esta, para proveerse de contenido también en la acción, el dualismo pensar y hacer trastoca las bases de la estética filosófica, especialmente la Hegeliana, y hunde sus raíces en la ética.

Construir nuevas herramientas proyectuales

Armarse para resistir la banalidad es desarrollar nuevas herramientas proyectuales para la arquitectura y promover un punto de encuentro donde fundir disciplinarmente el urbanismo, la arquitectura y el paisaje. Significa interconectar la esencia de nuestro utillaje proyectual y entender que el proyecto urbano se desarrolla de forma interescalar, donde las fronteras de las decisiones se desvanecen y transitan con fluidez, entre las escalas geográficas, urbanas y humanas, construyendo constelaciones de decisiones relacionadas. Las herramientas para resistir la banalidad son exigentes técnicamente, intelectualmente y emocionalmente. El objeto último del hecho proyectual, el individuo socialmente responsable, se sitúa en el centro. El contrato tácito de la arquitectura es no defraudar con autoreferencias ni intereses personales al conjunto de individuos que se organizan a partir de la condición urbana.

En definitiva, el fin de la banalidad debería conllevar un replanteo profundo de muchas prácticas que han demostrado con creces su alto nivel de obsolescencia, o dicho en positivo, el advenimiento de una nueva era en la arquitectura, obliga a una reconceptualización pausada y rigurosa no tan solo de los puntos cardinales sobre los que se asienta la disciplina, sino también de sus escalas, sus referencias y sus herramientas.

*La imagen que ilustra este post es de Santiago Sierra de la obra CMX-04, una reflexión estética a partir de una lógica ética. http://salonkritik.net/10-11/2011/11/


[1] MASSEY, Doreen, Un Sentido Global del Lugar, Ed. Icaria, Barcelona, 2012

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