Arquitectura y lógica ecosistémica

0057 ARQUITECTURA Y LOGICA ECOSISTEMICA

Arquitectura y lógica ecosistémica

Podríamos pensar que el modelo mimético de la arquitectura con la naturaleza no tiene hoy ninguna vigencia o que no es pertinente para pensar la arquitectura. Podríamos decir que los avances científicos y todas sus formulaciones tienen escasos vínculos con el quehacer de un arquitecto y que lejos de ocupar un espacio central en la reflexión de la arquitectura contemporánea, la idea misma de complejidad no es más que un intento de construir una coartada intelectual a un oficio que en realidad solo está destinado a diseñar edificios o ciudades.

Sin embargo sería algo más lógico pensar si las aportaciones de las ciencias de la complejidad son determinantes para formalizar el supuesto paradigma de la complejidad que aquí se diserta. Por ello antes de dar un repaso general a las diferentes formulaciones científicas que circundan este cuerpo de conocimiento de gran influencia en la arquitectura actual me parece interesante seguir la argumentación de Carlos Grillo en la tesis, La Arquitectura y la Naturaleza Compleja: Arquitectura, Ciencia y Mimesis a finales del Siglo XX para fijar la importancia y la pertinencia de las ciencias de la complejidad en la definición de la naturaleza compleja de la arquitectura.

Mi pretensión es que si asumimos el carácter de espejo reflectante que la naturaleza ha tenido en la concepción de la arquitectura desde el principio de la historia y entendemos las aportaciones del conjunto de teorías que conforman las ciencias de la complejidad en la comprensión de lo natural en la actualidad, entenderemos la posición de centralidad de tales teorías en el debate contemporáneo de la arquitectura y por tanto será especialmente pertinente entender en qué momento histórico cristaliza esa idea de complejidad en la reflexión arquitectónica.

Siguiendo la estela de Grillo en su disertación de la tesis referenciada, sintetizaré a continuación varios puntos de interés acerca de las aportaciones de las ciencias de la complejidad.

1.- La ciencia como un conocimiento continuo

La idea de conocimiento continuo, que en arquitectura ya había sido argumentada por Eisenman en su tesis doctoral, curiosamente también forma parte de la lógica del pensamiento científico.

La ciencia ha estado siempre inmersa en una dinámica evolutiva, cuya historia se puede leer como un proceso continuo de conocimiento e interpretación. Esta constatación del carácter de continuidad del pensamiento científico es en principio independiente de la noción de complejidad. Sin embargo como argumenta Grillo: no obstante, esta noción de continuidad gana una nueva dimensión en las ciencias de la complejidad, al presentarnos un universo esencialmente dinámico y activo, que evoluciona hacia crecientes niveles de complejidad.[1]

Es decir, más que simplemente evolucionar, las ciencias de la complejidad impulsan un conocimiento de la naturaleza mucho más profundo pero a la vez mucho más complejo, y debido a ello ponen en evidencia la permanente novedad como proceso necesario y también la ignorancia frente a los misterios de la naturaleza, tal como recuerda Ilya Prigogine: siempre pensé que la ciencia era un diálogo con la naturaleza. Como en todo diálogo genuino, las respuestas suelen ser inesperadas.[2]

2.- Una nueva imagen de la naturaleza

Las ciencias de la complejidad describen una naturaleza extraordinariamente diferente de la visión que se tenía de ella hace un siglo. La naturaleza según las teorías circunscritas en las ciencias de la complejidad, dibujan una imagen compuesta por sistemas abiertos, dinámicos, autoorganizados, creativos, azarosos, etc. Un mundo de posibilidades y opciones en los que se imponen la indeterminación, la incertidumbre y la imprevisibilidad.

Por otro lado un aspecto importante de las ciencias de la complejidad es la capacidad para afectar al comportamiento de lo viviente y a todo sistema dinámico, físico o social que interactúa con un entorno, afectando desde la descripción de los movimientos imprevisibles de la bolsa o de un torbellino, la organización de células o de grupos sociales, o hasta el comportamiento de los átomos y los cuerpos celestes. En definitiva las ciencias de la complejidad afectan transversalmente a toda la concepción clásica de la naturaleza e instauran un nuevo orden complejo en el reino de lo natural que reformula la geometría de la naturaleza frente a la geometría de los individuos.

3.- La compleja naturaleza humana

La asunción de la complejidad del universo liderada por la indeterminación, la incertidumbre y la imprevisibilidad, supone un cambio radical no solamente en la visión holística del mundo donde vivimos, sino más allá incluso, implica una transformación de la esencia cultural del YO como ser humano, habituado a edificar su identidad sobre el sustrato determinista y reduccionista propio de la modernidad.

El hombre no ha dejado atrás una concepción medievalista o renacentista de sí mismo, sino que en el momento de aceptar la complejidad con todas sus consecuencias, deja atrás una parte importante de la concepción moderna de sí mismo y se adentra en una lógica guiada por un comportamiento imprevisible, no-lineal y creativo, al igual que ocurre con el resto del universo.

Esta nueva naturaleza del ser humano ha sido defendida por pensadores como Edgar Morin[3] que asume que todo individuo, la sociedad y la empresa, son máquinas no triviales. Morin define como trivial una máquina de la que, cuando conocemos todos sus inputs, conocemos todos sus outputs; podemos predecir su comportamiento desde el momento que sabemos todo lo que entra en la máquina.

Si bien una parte de nuestro comportamiento es predecible y funcionaria más bien como una máquina trivial, debido a que la vida social exige que nos comportemos como máquinas triviales, es cierto que nosotros no actuamos como puros autómatas, sino que buscamos medios no triviales desde el momento que constatamos que no podemos llegar a nuestras metas.

Lo importante es lo que sucede en momentos de crisis, en momentos de tomar decisiones, en los que la máquina se vuelve no trivial: actúa de una manera que no podemos predecir. Todo lo que concierne al surgimiento de lo nuevo es no trivial y no puede ser predicho por anticipado.

Es en este sentido que Morin sostiene que el ser humano ha entrado en un ámbito que ha superado por completo la noción de modernidad, entendida como aquella estructura cultural reduccionista y determinista de la que hablábamos antes y por tanto predecible, y por consiguiente, debemos considerar que el individuo contemporáneo ha entrado de lleno en un nuevo tiempo, el tiempo de la nueva naturaleza humana.

Otra de las características de la nueva naturaleza humana es la cultura red en la que estamos inmersos, frente a la cultura malla de la que proveníamos. Esta interesante idea la desarrolla Mark Taylor[4] afirmando que el contraste entre mallas y redes clarifica la transición que hemos sufrido desde la guerra fría hasta hoy.

La guerra fría se diseñó para mantener la estabilidad a través de la simplificación de complejas relaciones y situaciones en la forma de una malla de opuestos clara y precisa: Este/Oeste, Derecha/Izquierda, Capitalismo/Comunismo, etc. Este era un mundo en que los muros, los límites, parecían proveer de seguridad.

Sin embargo no hay mallas ni muros que puedan proteger del crecimiento en red. En el momento que la red empezó a crecer, todo empezó a cambiar. La nueva economía desplazó la existente y un nuevo orden mundial apareció en el horizonte.

La cultura en red conecta, enzarza a todo el mundo en múltiples y mutantes conexiones de manera que uno se define a partir de ellas. A medida que las conexiones proliferan, los cambios se aceleran llevándolo todo hasta el límite del caos en tanto que nadie tiene realmente el control.

Sin embargo hoy sabemos que el caos es simplemente la incapacidad de determinar las complejas estructuras de orden que operan en una situación.

En realidad hemos entrado en una nueva naturaleza en la que sistemas autoorganizados emergen para crear nuevas pautas de coherencia y estructuras de relación. Eso es la cultura red.

Por último la definición de esta nueva naturaleza humana viene conformada por la unión de opuestos, idea que Richard Tarnas desarrolla en su libro La pasión de la mente occidental.[5]

El libro es una historia del pensamiento occidental, desde los filósofos clásicos griegos hasta el mundo contemporáneo, que goza de varias virtudes. La primera: la deslumbrante claridad expositiva, tanto de las ideas que se han desarrollado en la cosmovisión occidental como en la visión panorámica que las va entrelazando. Segundo, la amenidad y el dinamismo de la exposición de esta sucesión de concepciones cosmológicas a lo largo del libro. Y también está la coherencia en el desarrollo y la sucesión de formas de pensamiento a lo largo de nuestra historia, desde los arquetipos platónicos a la concepción cristiana del mundo, para pasar luego al Renacimiento, la Ilustración, la ciencia, el racionalismo y el mecanicismo del mundo contemporáneo.

En cierta manera lo que intenta subrayar Tarnas es la emancipación de la conciencia, en el transcurso de los siglos, en relación al mundo mítico; desde una participación mística con el Universo, a una percepción y análisis del lo concreto en el mundo moderno. La emergencia del pensamiento autónomo, fáustico y prometeico… pagando por ello un elevado precio: la separación de la conciencia humana en relación al todo existente.

Uno de los aspectos más interesantes del libro es su Epílogo, en el que el autor aporta la visión de un posible desarrollo de la concepción cosmológica contemporánea, hacia la ecología, hacia una nueva concepción de lo femenino y hacia el re-encantamiento del mundo. En cierta manera el desarrollo de la concepción intelectual durante los 2 últimos milenios ha sido patriarcal, lineal, progresiva y prometeica, lo que ha llevado tanto a ganancias como a pérdidas. Ante ello Tarnas sugiere una reunión con los opuestos: un reencuentro con lo cíclico, lo femenino y lo participativo. Esa es la nueva naturaleza del mundo y por tanto la nueva naturaleza del individuo.

4.- Una nueva alianza con la naturaleza, un nuevo devenir biológico

Para Ilya Prigogine e Isabelle Stengers, La Nouvelle Alliance[6] es un alegato contra la dicotomía entre la razón y la vida. A esta pareja sustancial, tradicionalmente entendida como una oposición, los autores la consideran como una herencia innecesaria de la ciencia clásica, sin ninguna correspondencia con la ciencia contemporánea. Desde una profunda convicción, Prigogine y Stengers se declaran enemigos de todo entendimiento científico que haga al ser humano sentirse extraño en el cosmos, y proponen, como idea-fuerza, el establecimiento de una alianza nueva entre el ser humano y la naturaleza, basada en la ciencia de finales del siglo XX, para sustituir con ella a la antigua ciencia rota por una interpretación errónea del siglo XIX.

Como es lógico pensar, el planteamiento que hacen los autores no excluye las explicaciones deterministas de la mecánica clásica, pero consideran imprescindibles ampliarlas con una concepción de la naturaleza indeterminista.

Podríamos decir que el comportamiento complejo que caracteriza los sistemas dinámicos es un síntoma característico de lo viviente y que las ciencias de la complejidad encuentran en la vida, a la vez que su mayor desafío, su principal esencia, lo que se plantea esa nueva conexión con lo natural por parte de las ciencias.

En realidad esta propuesta de aliarnos de nuevo con la naturaleza y no sentirnos fuera de ella sino asumir que el ser humano también es naturaleza, se fundamenta en dos ámbitos complementarios. Por un lado esta concepción se crea a partir de la identificación de las similitudes entre la naturaleza del hombre y la naturaleza natural.

Como hemos visto en el punto anterior, la esencia del hombre se entiende como un sistema dinámico, con comportamientos parecidos a una máquina no trivial, y con la necesidad de re-encontrarse con el lado más telúrico, más animal del ser humano, para empezar a razonar desde allí con nuevos instrumentos y nuevas capacidades. El individuo asume su papel en el universo, en primer lugar como parte del universo, y no como cuerpo extraño en él.

Por fin aceptamos que funcionamos con innumerables similitudes en relación con todo el universo natural, lo que acentúa la idea de mutua identidad. Además las teorías de la auto-organización desvelan la inexorabilidad y la importancia de la interacción entre sistemas para su supervivencia y para explotar todo el potencial evolutivo, lo que vale tanto para sistemas biológicos, sistemas físicos y sistemas sociales, desde la escala celular, hasta la escala planetaria.

Por otro lado, el otro fundamento que propone esta nueva alianza es el reconocimiento de la dependencia que como seres humanos tenemos del medio o mejor dicho del sistema natural. Para ser sinceros, lo que en verdad ha ocurrido es que todo el proyecto de conocimiento y sometimiento de la naturaleza llevado a cabo durante el siglo XIX y el XX se nos ha vuelto en contra. Hemos caído por fin en la cuenta que la única posición posible como especie en el planeta, no es luchar contra la naturaleza, sino aliarnos con ella y para ello hay que primero asumir nuestra dependencia, o mejor dicho nuestra interdependencia con ella.

Para la física clásica el observador se situaba en una posición desencarnada sobre el objeto descrito, algo así como una posición de sobrevuelo. En la objetividad científica tradicional estaba implícita una voluntad de dominio para la cual el mundo estaba separado de nosotros. Hoy, las demostraciones de imposibilidad, en la teoría de la relatividad, en la mecánica cuántica o en la dinámica, nos han enseñado que no se puede describir la naturaleza desde el exterior, como meros espectadores. La descripción es una comunicación y está sometida a ligaduras muy generales que la física puede aprender a reconocer porque nos identifican como seres situados en el mundo físico.

Cuando se trata de descripciones de sistemas complejos, vivos y sociales, una descripción desde lo alto, está totalmente excluida. Prigogine nos habla del reencantamiento de la naturaleza: sostiene que siendo seres temporales y espontáneamente creados, formamos parte integral del movimiento temporal y espontáneamente organizado de la naturaleza, en vez de ser un accidente poco probable.[7]

Tanto el hecho de asumir nuestra naturaleza natural como seres humanos, y la asunción de nuestra relación interdependiente con la naturaleza son consideraciones que encuentran y formatean un nuevo devenir ecológico, una nueva lógica de lo ecosistémico.

Esta lógica de lo ecosistémico, o podríamos decir también, la lógica de una interdependencia radical con el medio, entendido este como medio natural, como medio social y como medio cultural, es hoy central en la arquitectura contemporánea. Hacer arquitectura hoy es desarrollar un conjunto complejo e interdependiente de razonamientos que den estructura y legitimen nuestras decisiones. Solamente desde ese esfuerzo por asumir la complejidad que ello comporta, podremos legitimar nuestro papel en la sociedad a la que servimos.

*La imagen del post es de http://www.visualcomplexity.com/vc/project_details.cfm?index=303&id=303&domain=


[1] GRILLO, Carlos D., La Arquitectura y la Naturaleza Compleja: Arquitectura, Ciencia y Mimesis a finales del Siglo XX, UPC Departament de Composició Arquitectònica, tesis doctoral dirigida por Dra. Marta Llorente, Barcelona 2005, p. 182.

[2] PRIGOGINE, Ilya, El fin de las certidumbres, Andrés Bello, Santiago de Chile, 1996 A, p. 63

[3] Estas ideas han sido argumentadas en MORIN, Edgar, Introducción al pensamiento complejo, Gedisa, Barcelona, 2000.

[4] Pueden seguirse sus argumentaciones en el interesante TAYLOR, Mark, The moment of Complexity. The emerging network culture, University of Chicago Press, Chicago, 2001.

[5] TARNAS, Richard, La pasión de la mente Occidental, Atalanta, Girona, 2008

[6] PRIGOGINE, Ilya, y STENGERS, Isabelle, La Nouvelle Alliance, Gallimard, París, 1986.

[7] Ver RIERA, Elba del Carmen, La complejidad: Consideraciones Epistemológicas y Filosóficas, ponencia en el Twentieth World Congress of Philosophy, celebrado en Boston, del 10 al 15 de Agosto de 1998.

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