La Emergencia de la Resistencia

RESISTENCIA

La emergencia de la resistencia.

Ya escribía Ignasi de Solà-Morales en 1993, que ante la violencia estructural del mundo actual, que en forma de red sutil se ha instalado implacablemente en la realidad, solamente caben tres tipos de actitudes: la sumisión, la delincuencia y la resistencia.[1]

Hoy más que nunca hace falta tomar alguna de las tres actitudes, y convertirlas en aptitudes, como referencia del hacer de la arquitectura, no tanto para salvar el mundo, como la arquitectura utópica de los 60 proclamaba, sino más bien para no ser barrido por él mismo mundo sobre el que queremos actuar. Ciertamente el peligro de la arquitectura hoy, es quedar desastrosamente barrida por las fuerzas de la grosera realidad que representa el mundo, de sus vaivenes caprichosos en forma de desastres financieros, ingenierías sociales monstruosas y/o tormentas aniquiladoras de una cultura en permanente estado de inanición.

La sumisión es quizás la forma más común adoptada por los arquitectos. La incapacidad lógica de enfrentarse a tamaño monstruo (la realidad compleja) acaba procurando una actitud de sumisa trayectoria, de actuar según lo que se espera de un buen arquitecto. Las versiones de tal sumisión son múltiples, sumisión al cliente, al proyecto, acaso la más interesante, sumisión a lo que la profesión espera de uno, sumisión al maestro y padre, sumisión al mercado, sumisión al crítico o curador de turno, sumisión al jurado, sumisión al alcalde, sumisión en definitiva. La sumisión no es intrínsecamente mala cuando las condiciones y los intereses que rodean a un proyecto se enmarcan en un territorio comprensible. Sin embargo esta situación pocas veces se da con claridad. Cuando las regulaciones no están rozando la estulticia, es el cliente, el maestro o el alcalde, tres figuras principales en la trayectoria de cualquier arquitectura, los que por separado o a la vez esconden intereses propios que totalmente velados, hacen de un proyecto una especie de veleta a merced de los vientos.

La delincuencia es de todas las actitudes la más excitante. Colocarse aunque sea momentáneamente fuera de la ley, solo está permitido a aquellos realmente grandes. La profanación de la idea de cementerio es quizás una de los grandes delitos perpetrados por los Bonney and Clide locales de los 90,  Miralles/Pinós, en el cementerio de Igualada. Otro tipo de delincuencia, el robo inmisericorde del hall del Kunsthal de Rotterdam ejecutado por uno de los sospechosos habituales, Rem Koolhaas,[2] valdría también como ejemplo de actitudes de arquitectos que saltan los límites para situarse más allá. Está claro, que como la famosa frase atribuida a Einstein, un problema no puede resolverse con la misma mentalidad del que lo creo. De ser cierto, la actitud delincuente ante un proyecto de arquitectura siempre debe estar presente. Lo que ocurre es que bajo esa misma coartada encontraríamos otras arquitecturas y otros arquitectos que consideraríamos como aberrantes. La pregunta clave aquí, sería la de ¿quién da la legitimidad al arquitecto para saltarse las reglas? No hace falta decir que encontraríamos múltiples justificaciones para cada uno de los arquitectos y sus arquitecturas, pero también es cierto que no podemos espolear la transgresión constante como sistemática para el acto de proyectar arquitectura. Hay valores éticos que solamente talentos especialmente constituidos y espacialmente construidos para ello, son capaces de llevar más allá y proponer una ensoñación fuera de toda regla y condición inicial.

Tampoco diría que son tiempos para la arquitectura en general y para la depauperada figura del arquitecto en particular, como para jalear una actitud tan agresiva.

Por último, parece más razonable una actitud de resistencia como prácticamente, la única posible. La idea de resistencia, puede ser entendida como lo hace uno de los resistentes habituales más interesantes y complejos del panorama arquitectónico de finales del siglo XX, Steven Holl, en el sentido de fricción, casi de escozor, con aquello que la ciudad, la técnica, el programa y el cliente demandan de un proyecto de arquitectura. Esa sería una actitud de resistencia en negativo, en muchos casos muy productiva, pero a la vez demasiado centrada en una situación de permanencia de las condiciones iniciales. Es decir, solamente si el punto de partida permanece fijo por largo tiempo, podemos encontrar los puntos de fricción que harán surgir los mecanismos adecuados para resolver una situación de proyecto muy concreta. Hoy día, desgraciadamente, nada permanece fijo el tiempo suficiente como para ser estudiado con el rigor y la intensidad necesaria para llegar a su naturaleza profunda. Diría que solamente en condiciones muy especiales la resistencia por la vía del escozor puede ser nutritiva proyectualmente hablando.

Otra conocida referencia a la idea de resistencia es la propuesta de Kenneth Frampton elaborada en sus textos sobre regionalismo crítico, especialmente el archiconocido texto Towards a Critical Regionalism Six Points for an Architecture of Resistance,[3] y el también conocidísimo Ten Points on an Arhitecture of Regionalism: A Provisional Polemic.[4] En ellos Frampton alude a la idea de resistencia como intento de parapetarse ante los cánones establecidos, según él, lo escenográfico y lo visual, convertidos en características negativas dominantes sobre aspectos positivos de la arquitectura como lo tectónico y lo táctil. Ante esta situación, hay que oponer una férrea resistencia en forma de disidencia cultural y fomentar una actitud resistente en contra las convenciones estilísticas a la moda mediante el desarrollo de una arquitectura del lugar, más que del espacio. Resistencia, adquiere en Frampton, tintes épicos de estrategia defensiva y reactiva, más que de tácticas propositivas y proactivas, por lo que construir una actitud desde la negatividad, tampoco parece una buena manera de estructurar una posición genuinamente resistente.

No hace falta decir que tanto en Holl como en Frampton, la idea de resistencia se superpone una con la otra, con la facilidad que da la complicidad entre ambos arquitectos

Por último, esta idea de resistencia también puede ser interpretada como única posibilidad para la inteligencia en la forma de la función crítica.[5] Cabría decir en este punto de la reflexión, que la función crítica que resulta asumible aquí, ha trascendido ya el nihilismo estructuralista inherente al hecho de desacreditar cualquier actividad productiva, entendiendo que conlleva una producción ideológica inmanente, consecuencia de las fuerzas dominantes en la estructura económica que se basa en la lucha de clases. Todo lo contrario, lo que hay que remarcar aquí como actitud de resistencia, es el desarrollo afinado de una inteligencia crítica, una especie de función crítica al servicio de un optimismo inquebrantable.

Esta idea de función crítica, quiere activar aquellos mecanismos propios de la inteligencia arquitectónica, a saber, paciencia, detección de fisuras o grietas en la información dada como válida, atesoramiento de una vastísima cultura arquitectónica, inacabable en sus referencias, una acción encadenada de pequeños logros y aciertos, más que de grandes gestos alegóricos, la emergencia de una sensibilidad tanto propia, como social y por tanto objetiva, subjetiva e intersubjetiva a la vez y en definitiva la actitud paciente de observador anclado en el futuro, actuante en el presente y acompañado de las experiencias de un pasado siempre rico y aleccionador.

Solamente desde una lectura de la resistencia como esta, me atrevería a proclamar la emergencia de la arquitectura, porque ahora sí, aunque todos los indicios indican que el fin de la arquitectura se acerca, que las voces agoreras y negligentes se llenan de palabras que condenan la arquitectura a una especie de sumisión lacerante a un mundo moralmente perdido y loco, la arquitectura, con todas las letras, es más necesaria que nunca, por la simple razón que las demandas son más extremas que nunca. En otras palabras, la arquitectura debe ser más exigente consigo misma porque las condiciones del entorno para hacer arquitectura se han vuelto igualmente, más exigentes.

Es ahora cuando la respuesta en forma de emergencia de una arquitectura-arquitectura, debe ser imperativamente lúcida y por tanto, de forma casi automática, radicalmente resistente, o lo que es lo mismo, intrínsecamente inteligente.


[1] SOLÀ-MORALES, Ignasi, Anyway: colonización, violencia, resistencia, Cynthia C. Davidson ed., Anywhere, Rizzoli International Publications, Inc., Nueva York, 1993

[2] Es más que recomendable el magnífico artículo crítico de Jaume Prat Ortells sobre el Kunsthal, publicado el 15 de agosto de este mismo año, en su blog arquitectura entre otras soluciones, y titulado Still waiting for Godot. http://www.jaumepratarquitecto.com/

[3] FRAMPTON, Kenneth, Towards a Critical Regionalism Six Points for an Architecture of Resistance en The Anti-Aesthetic: Essays on Postmodern Culture, ed. Hal Foster, Bay Press, Port Twonsend, 1983 pp. 16-30

[4] FRAMPTON, Kenneth, Ten Points on an Architecture of Regionalism: A Provisional Polemic, en Center: A Journal for Architecture in America, vol.3, ed. Vincent Canizaro, University of Texas press, Austin, 1987, pp.20-27

[5] SOLÀ-MORALES, Ignasi, De la autonomía de lo intempestivo, Los Artículos del Any, Fundación Caja de Arquitectos, Colección la Cimbra nº7, Barcelona, 2009

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