De lo complejo. Ambigüedad, Diferencia, Tiempo

DE LO COMPLEJO

De lo complejo. Ambigüedad, Diferencia, Tiempo

Hablar de lo complejo es inabarcable. Vendría a ser como rastrear el mítico mapa cartográfico a escala 1:1 al que Borges hacía referencia en el cuento Del Rigor de la Ciencia.[1] La tarea, requeriría una descripción tan precisa, que el objeto descrito y la descripción misma coincidirían. Sin embargo sí que se puede intentar al menos, hablar de pautas de comportamiento de la complejidad, descifrar aspectos comunes a una forma de operar que podemos rastrear hoy día en casi todos los avatares de la vida. Y por supuesto también en la arquitectura.

Ese es el espíritu del texto que sigue, determinar los aspectos que surgen o mutan de naturaleza en la sociedad y conducen a la práctica arquitectónica hacia lógicas nuevas.

La ambigüedad

Mientras la primera modernidad iba en busca de una realidad uniforme, monolítica y lineal, la modernidad compleja[2] se abre a una lectura fragmentada, abierta y no lineal de la realidad.

Se asume como propio de la realidad el hecho de que pueda tener diferentes interpretaciones y que estas convivan a la vez, incluso proviniendo del mismo sujeto que las emite.

No es que todo sea mentira, sino más bien que todo es multi-verdadero y por lo tanto más cercano a lo ambiguo que a lo concreto. También es indicativo que hoy día, la construcción de un espacio narrativo en la arquitectura, sea tan importante como la construcción del espacio físico propiamente arquitectónico. Y no es menos llamativo que la aparición del narrador, en teoría el propio arquitecto, asociado a la propia construcción del espacio narrativo, recoloca una voz individualizada en el centro del debate.

Esta transformación de las interpretaciones sobre lo real parece lógica si entendemos que mientras en la primera modernidad toda idea estaba al servicio de la sociedad en abstracto y se moldeaba cada concepto para que entrara en un gran relato unidireccional, en la modernidad compleja, cada idea tiene derecho a su existencia de forma genuina ya que constituye un eslabón en la construcción de la individualidad del sujeto, de su identidad, de su unicidad.

La realidad ya no se construye como un gran relato común, sino como la adición de miles de relatos, que de manera, a veces contradictoria, explican o tratan de explicar cada uno de ellos, el todo.

La verdad ligada al juicio moral de la modernidad, se transforma en algo instrumental a disposición del sujeto. La verdad ya no es un fin, es un medio. Se usa la verdad, se modela, se deforma, siempre y cuando sirva para la construcción del relato individual en relación directa con el todo. Esto es lo que legitima las ideas, su aportación en la construcción del relato individual sobre el todo.

Esta instrumentalización de la verdad conlleva la pérdida de autonomía de la institución arte[3] en términos de Peter Bürger. Ésta es, en todo caso, la transformación más importante que ocurre en el seno de la primera modernidad en su tránsito hacia la modernidad compleja.

El arte, y a la zaga, la arquitectura, se pone al servicio de los individuos o grupo de individuos, se convierte en un medio que sirve a la construcción de la identidad individual o micro colectiva y por defecto sirve también a la construcción de una multi-identidad común, basada en la globalización de comportamientos (que no de relatos o identidades).

El arte se hace utilitario,[4] se pone al servicio de, y por tanto su crítica y su ámbito de reflexión se vuelve social. El arte, al mutar en lo que podría llamarse sociología proyectiva, se transforma en reflexión política, abandonando la estética.[5] De manera muy resumida, puede decirse que muere la estética a manos de los media, el soporte por excelencia de la reflexión social.

La diferencia

Contrariamente a la modernidad, el proyecto que surge a partir de los años 60 enfatiza la noción de diferencia, una vez desatado el individuo del corsé ideológico monolítico. La valorización del discurso del otro[6] resitúa el compromiso ideológico en el fragmento, surgiendo una corriente de pensamiento que legitima las minorías políticas, las minorías raciales, las minorías sexuales, las minorías lingüísticas y las minorías sociales. Se asume que la parte no puede someterse al todo, y lo que antes era objeto de marginación, en tanto que discurso desviado sobre la ideología oficial, ahora es materia prima para la construcción de la identidad.

La diferencia no es en todo caso una fuerza que centrífuga la sociedad, ni la disemina, todo lo contrario, la diferencia requiere de una re-interpretación de la jerarquía porque la diferencia en si misma sigue constituyendo una parte fundamental de sistema, o como dice Frederic Jameson, un sistema que constitutivamente produce diferencias, sigue siendo un sistema.[7]

Podría decirse que la aparición de la diferencia como valor, como distinción, hace la sociedad más justa. Cada “ente diferente” dentro de la sociedad tiene el derecho a atesorar un capital cultural propio y a cultivar las expresiones estéticas que crea conveniente. Cada discurso se adapta a la minoría a la que sirve y construye las señas de identidad que diferencian y distinguen una minoría de otra. En arquitectura la recuperación que hace Venturi del kitsch norteamericano de clase media no es inocente. Venturi construye un discurso a la medida de un sector de la población que nunca se hubiera identificado con una expresión cultural tan elitista como la arquitectura, de no haber sido que en un momento dado, alguien supo poner en valor el shopping center, la hamburguesería y la redundancia entre el signo y su significado.

Esta convivencia entre diferencias legitimadas y expresiones culturales propias atomiza “el gusto”. Ya no hay un lugar compartido por todos donde fácilmente se accede al valor de cierta expresión cultural. Este lugar como imaginario colectivo, revienta en mil pedazos, tantos como grupos minoritarios con voz propia, y empieza a diseminar una cantidad ingente de símbolos e imágenes culturales cada vez más expresivas y espectaculares, si bien, destinadas a un consumo cada vez más rápido y por tanto provistas de un contenido cada vez más débil y digerible en poco tiempo.

El medio televisivo primero y las redes de comunicación instantánea después, el ordenador personal y el móvil como soporte e internet como vehículo de distribución instantáneo, van a favorecer la convivencia entre infinitas expresiones culturales de la diferencia en todos los campos del conocimiento, pero sobre todo en aquellos que permiten un consumo fácil y rápido. Las primeras distinciones entre la cultura de la élite y la cultura popular van a quedar literalmente barridas del mapa para convertirse en un engrudo donde cada uno puede encontrar su nicho cultural.

Navegar por tal cantidad de reclamos no es fácil. Aquí la complejidad vendrá definida por la capacidad de estructurar un criterio de geometría variable entre infinitas opciones a escoger, y desarrollar un relato coherente que tanto puede ir de un discurso muy sencillo y plano destinado a un consumo más masivo, hasta la sofisticación más perversa de una expresión cultural destinada a escasísimos individuos lo suficientemente cultivados y entrenados para ser capaces de degustar una exquisitez.

Antes, el camino para la excelencia estaba perfectamente delimitado y pre-programado, era simple y si bien no estaba exento de esfuerzo, se tenía siempre la seguridad que era el correcto.

La modernidad compleja contrariamente es un ejercicio constante de orientación entre infinitos caminos culturales, es más, la posible contradicción está totalmente asumida de manera que se puede construir un relato desde diferentes adscripciones minoritarias de tal forma que la recombinación de expresiones culturales de orígenes diversos, puede acabar creando una expresión genuinamente nueva.

Una imagen más propia de un “trencadis” cultural, que de una tradición academicista, una realidad más cercana al mestizaje, la mezcla y el copy and paste, que de la pureza, la integridad y lo predeterminado.

El tiempo

El vector tiempo es el dinamizador de una realidad anquilosada y culturalmente hermética heredada de la modernidad. Lo que ha venido a llamarse la postmodernidad, en sus primeros años de estupefacción, hace un salto cualitativo al hacer compatible el pasado y todas las expresiones culturales propias de la tradición, con el presente. Esta recombinación, esta convivencia ente pasado y presente, no deja de ser un burdo intento de “dar de comer” a las clases populares. Por un lado se asume la legitimidad de las clases medias para la construcción de un relato propio, como hemos visto antes. Por otro lado se asume también que el nivel cultural de estas clases medias no es lo suficientemente sofisticado como para digerir un relato demasiado complejo, intrincado y conceptualmente avanzado, por lo que el futuro queda descartado como espacio temporal desde el que modelar el discurso.

El pasado abocado sobre el presente deberá ser el tiempo sobre el que añadir algún valor al relato. De hecho las élites siempre remiten al pasado por que en realidad el pasado les pertenece. Ellas han construido el mundo tal como lo conocemos. La primera estrategia postmoderna es pues revalorizar el pasado sencillamente apropiándoselo. Bajo la excusa de que se pone en valor una memoria colectiva, de repente pasado y presente constituyen los límites del espacio temporal sobre el que construir las imágenes culturales de las clases medias. De esta manera se consigue materializar la narrativa de los recuerdos. La memoria colectiva da estabilidad a los individuos, los arraiga.

Esta concepción del pasado, aun pareciendo nostálgica o melancólica, no lo es del todo. Los activistas del pasado, reclaman que el eclecticismo del movimiento postmoderno es de una racionalidad que lo distingue y lo aleja del tradicionalismo, el pasado, cuya presencia reclamamos, no es una edad de oro a ser recuperada. No es la Grecia como infancia del mundo, de la cual hablaba Marx, atribuyéndole universalidad, permanencia y ejemplaridad en ciertos aspectos de la tradición europea. La presencia del pasado que puede contribuir a hacernos hijos de nuestro tiempo es, en nuestro campo, el pasado del mundo. Es el sistema global de experiencias conectadas y conectables por la sociedad.[8]

En todo caso el pasado queda así legitimado para ser libre y eclécticamente dispuesto para su consumo en el presente. La arquitectura llamada postmoderna, en realidad legitima el pasado solamente como producto de consumo en el presente, de manera que paradójicamente, cuanto más pasado, más presente.

De la mano del desarrollo tecnológico, especialmente de la socialización del ordenador de sobremesa primero y de las tecnologías de la información y del conocimiento después, la sociedad va a sufrir unas convulsiones que van a poner a los individuos en el disparadero de un tiempo futuro.

Lejos de toda emancipación, la tecnología poco a poco irá “esclavizando” a los individuos en una concepción de futuro destinada a ser consumida. Se produce una transición interesante entre un primer momento de la modernidad compleja donde se busca legitimar el pasado mediante el movimiento postmoderno, y una socialización tecnológica a principios de los años 90 que legitimará el futuro bajo el eslogan “el futuro ya está aquí” de tantos anuncios publicitarios que venden tecnología.

Un auténtico imaginario colectivo se va a construir a gran velocidad, de hecho la idea de velocidad en si misma vendrá a ser una de las protagonistas del espacio común social. Tecnológicamente sometidos, toda nuestra vida gira alrededor del último “update”, de la velocidad de conexión, de tener cobertura, de adquirir la última novedad en hardware y ser los primeros en hacer lo que antes era imposible, como llamar por teléfono sin cables, navegar por internet desde el móvil, hacer una partida on-line, etc.

La literatura sobre los cambios que la sociedad ha experimentado en estos últimos 30 años debido al salto tecnológico, es infinita.[9] Sin embargo resumiendo mucho las consecuencias que ha tenido en la sociedad ese “vivir anclados en el futuro”, cabe decir que precisamente ese tiempo futuro está totalmente legitimado entre los individuos, es decir, la idea de futuro es objeto de interés, cuando no de adoración.

Por tanto el colapso del futuro sobre un presente hipertrofiado no vendrá de la mano de una expectativa intelectualizada, ni de una propuesta estética prefigurada, vendrá de la accesibilidad tecnológica, constituida por auténticos revulsivos sociales en forma de aparato capaz de satisfacer todas las opciones de relación social, ya sean estas de base profesional, afectiva o familiar. Esta socialización de la tecnología va a transformar no solamente los modelos de proyección hacia lo que antes solíamos llamar futuro, sino que simplemente transforma el futuro en una inmediatez. Y en esa misma estrategia, el futuro precipitado sobre un presente literalmente anabolizado, tendrá la forma de Smartphone de redes sociales y de novedad tecnológica continuada.

En la modernidad compleja el vector tiempo se define por un presente “hinchado”, hinchado de pasado e hinchado de futuro. La complejidad de nuestra época reside entre otras cosas en que el presente debe incorporar el pasado tal como veíamos en el movimiento postmoderno y debe ser capaz de incorporar el futuro, de la mano de la hipermodernidad.[10]

Paradójicamente ambas consideraciones sobre el pasado y el futuro hacen del presente una especie de tiempo reforzado. El alud de acontecimientos al que estamos sometidos diariamente, algunos provenientes del pasado y otros provenientes del futuro, acaban convirtiendo nuestra vida en una especie de presente continuo enormemente denso. No hay tiempo para pensar en el mañana porque ya estamos instalados en él, no hay tiempo que perder con el pasado porque éste, ya vive con nosotros.

En el tiempo condensado de la contemporaneidad no existe otra opción que el de intentar gestionar la complejidad, o dicho de otro modo la complejidad surge cuando “todo”, cualquier cosa, potencialmente puede ocurrir al mismo tiempo.

*La imagen que encabeza el post trata de ilustrar la Complejidad de un sistema (S), su diversidad de elementos (e1, e2, e3, en,), las diferentes intensidades de las interacciones (i1,i 2,i 3,i n) entre ellos, con el sistema y con elementos y sistemas externos (S1, S2, S3, Sn). http://www.redcientifica.com/doc/doc200301110300.html


[1] BORGES, Jorge Luís, El Hacedor, Debolsillo, Barcelona 2012. El texto de Borges es tan delicioso que no puedo dejar de escribirlo aquí: En aquel Imperio, el Arte de la Cartografía logró tal Perfección que el Mapa de una sola Provincia ocupaba toda una Ciudad, y el Mapa del Imperio, toda una Provincia. Con el tiempo, estos Mapas Desmesurados no satisficieron y los Colegios de Cartógrafos levantaron un Mapa del Imperio, que tenía el Tamaño del Imperio y coincidía puntualmente con él. Menos Adictas al Estudio de la Cartografía, las Generaciones Siguientes entendieron que ese dilatado Mapa era Inútil y no sin Impiedad lo entregaron a las Inclemencias del Sol y los Inviernos. En los Desiertos del Oeste perduran despedazadas Ruinas del Mapa, habitadas por Animales y por Mendigos; en todo el País no hay otra reliquia de las Disciplinas Geográficas.

[2] Ver el post anterior De lo complejo. Consideraciones previas

[3] Es especialmente interesante BÜRGER, Peter, Teoría de la Vanguardia, Península, Madrid, 1987. En él, Peter Bürger establece una distinción entre modernidad y vanguardia. Mientras la vanguardia se caracteriza cuando la crítica no se extiende a otras corrientes estéticas pero se supera la institución arte, es decir la vanguardia no impugna una expresión artística precedente pero ataca el status del arte en la sociedad burguesa, la modernidad provoca una crítica estética y consolida la autonomía de la institución arte. Mientras la vanguardia pretende cambiar la posición del arte dentro de las relaciones de producción, la modernidad pretende tan sólo cambiar sus formas. En este sentido quizás sería más adecuado hablar de “vanguardia compleja”, que de modernidad compleja.

[4] En este sentido a la modernidad compleja se le puede atribuir como apuntábamos un comportamiento de vanguardia, según Peter Bürger: “los movimientos europeos de vanguardia se pueden definir como un ataque al status del arte en la sociedad burguesa. No impugnan una expresión artística precedente –un estilo-, sino la institución arte en su separación de la praxis vital de los hombres. Cuando los vanguardistas plantean la exigencia de que el arte vuelva a ser práctico, no quieren decir que el contenido de las obras sea socialmente significativo. La exigencia no se refiere al contenido de las obras; va dirigida contra el funcionamiento del arte en la sociedad, que decide tanto sobre el efecto de la obra como sobre su particular contenido”. Op. Cit. BÜRGER p. 103.

[5] Si el arte pierde su autonomía, es decir el hecho de que “el arte no sirva para nada”, y por tanto no pueda hacerse el arte por el arte, su ámbito de reflexión, de conceptualización, desaparece bajo el yugo de aquel ámbito al que sirve. La estética es indisociable a la autonomía del arte y de la institución arte.

[6] Así es como sintéticamente valora Craig Owens el ascenso de los relatos de las minorías, especialmente las reivindicaciones feministas en su contribución. OWENS, Craig, “The discourse of the others: feminists and postmodernism”, The Anti-Aesthetic: essays on postmodern culture, Bay Press, Seattle, 1983, p. 62.

[7] JAMESON, Frederic, “Marxism and Postmodernism”, New Left Review, núm. 176, julio-agosto 1989, p. 34.

[8] PORTOGHESI, Paolo, After modern architecture, Rizzoli, Nueva York, 1982, p. 26.

[9] No quiero dejar de mencionar aquí tres libros de referencia sobre el tema, el primero curiosamente es una novela que se convirtió en obra de culto para entender la cultura tecnológica que se avecinaba, DERY Mark, Escape Velocity: Cyberculture at the End of the Century, Grove Press, Nueva York, 1997, el segundo es del sociólogo Manuel Castells, voz indiscutible sobre los cambios que la era de la información están provocando en la economía, la sociedad y la cultura en CASTELLS, Manuel, La Era de la Información Vol.3, Fin de Milenio, Alianza Editorial, Barcelona, 1997 y el tercero es el compendio de editoriales de la revista en.red.ando publicados entre 1996 y 1997 por el periodista científico Luís Ángel Fernández Hermana, en FERNÁNDEZ HERMANA, Luís Ángel, En.red.ando, Ediciones B, Barcelona, 1998.

[10] El término es del sociólogo francés Gilles Lypovetsky. Su pensamiento, especialmente agudo para tratar el paso de la modernidad a la postmodernidad, y de la postmodernidad a la hipermodernidad pueden encontrarse en LIPOVETSKY, Gilles, La Era del Vacío, Anagrama, Barcelona, 2003 y LIPOVETSKY, Gilles, Los Tiempos Hipermodernos, Anagrama, Barcelona, 2006.

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  1. […] Este texto ya fue parcialmente publicado en el post https://axonometrica.wordpress.com/2012/07/02/de-lo-complejo-ambiguedad-diferencia-tiempo/, el 02 de Julio del 2012. Sin embargo me ha parecido necesario ampliar y perfilar algunas […]



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