De lo constructivo como teoría

DE LO CONSTRUCTIVO

De lo constructivo como teoría

La realidad es siempre una organización, o configuración compleja, que se está constituyendo constantemente. Así planteada, esta afirmación deja entrever un principio de fondo muy simple: el hecho de que algo se construya constantemente no lo hace menos real, independientemente de cuáles sean las piezas que integren esa construcción. El hecho de que desde la arquitectura se pueda afirmar que algunas de esas piezas sean necesariamente discursivas e incluso significativas (otros prefieren simbólicas), no las hace menos reales.

La arquitectura nunca debe negar, ni en el ámbito más conceptual posible, que haya una realidad material, debe sostener, en oposición a algunas ideas actuales, que lo constructivo forma parte de lo propiamente arquitectónico en lo más esencial, en su discurso primigenio y que la técnica constructiva de tal o cual elemento no es más que una elevada forma de expresión capaz de encerrar los componentes más firmes de una narración específica dada, y esconder las más sutiles interpretaciones de la razón.

Tradicionalmente se han tratado de limitar las pretensiones de lo constructivo, predicando una especie de diferenciación cualitativa: lo constructivo como lo real y ligado a la técnica y el oficio, y lo constructivo como discurso, con apenas seguidores y comúnmente despreciados estos por la sospecha que tras el discurso se esconde una voluntad eminentemente técnica.

No con cierta displicencia, se asume que estos dos dominios de lo constructivo (similares en cierta forma al dualismo de Descartes entre la materia y la sustancia) son ontológicamente distintos y, con excepción de circunstancias específicas y limitadas, existen en planos distintos que deben ser comunicados. Pero me parece que la idea contemporánea de lo constructivo debería rechazar esta dicotomía radical al afirmar que, por el contrario, el mundo está constituido por organizaciones complejas de diferentes tipos de eventos constructivos y construidos, algunos de los cuales son siempre expresivos, en el sentido amplio del término, y que el discurso es únicamente una forma más de su expresión.

Es decir, la realidad, cualquier realidad, es siempre una articulación de muchos tipos de eventos diferentes, físicos, emocionales e intelectuales. El discurso puede no entenderse adecuadamente si se lee como simples reflexiones externas sobre la realidad que, en ciertas circunstancias, afectan a la arquitectura. Tal vez lo constructivo deba verse como un elemento integral de la realidad, que ayuda a unir lo real y lo imaginado y a darle a la arquitectura un sentido de pertenencia conjunta.

Cada práctica arquitectónica no sólo está articulada culturalmente, sino que las prácticas culturales asociadas se encuentran constantemente involucradas en la producción continua de la realidad. Para ponerlo en términos más simples, la cultura en la que vivimos, las formas culturales que proponemos e insertamos en la realidad y que habitualmente llamamos arquitectura, tienen consecuencias en la manera como se organiza y se vive la realidad. Las prácticas culturales definidas por lo constructivo contribuyen a la producción del contexto como una organización del poder, y construyen el contexto como una experiencia del poder. Es por esto que la cultura importa en la arquitectura, porque es una dimensión clave de la transformación o construcción permanente de la realidad. Lo que no quiere decir, como afirmaría mucha de la teoría contemporánea, que la cultura por sí misma construye la realidad. La cultura se construye en lo constructivo.

Ciertos aspectos de la teoría de la arquitectura tratan de entender algo sobre cómo se está construyendo la organización de lo construido mediante la desarticulación y la rearticulación de relaciones, tomando la finalidad cultural como punto de partida, y como procedimiento de estudio, el ingreso en el complejo balance de fuerzas constitutivas de las relaciones de lo propiamente arquitectónico con lo político, lo tecnológico, lo social, lo económico y finalmente en una especie de tautología, lo cultural.  Este punto de vista es sin duda una de las maneras de entender lo constructivo a partir de la formalización de un cuerpo con significación propia. Un proceso en el plano estrictamente conceptual.

Otra manera de entender lo constructivo en lo que podríamos llamar la lógica de la articulación, es cuando el proceso constructivo crea sentido a lo inicialmente fragmentario. Como indica Andrea Deplazes, la arquitectura conoce sin lugar a dudas un vocabulario específico de materiales, una gramática constructiva y una sintaxis estructural. Éstos constituyen sus presupuestos principales, algo así como la mecánica de la arquitectura. A ellos también pertenecen los fundamentos técnicos que, totalmente independientes de un proyecto u obra concreta, establecen un método basado en principios constructivos  y un saber hacer que puede aprenderse. Aunque estos instrumentos son en sí mismos concluyentes, hasta que no se vinculan conceptualmente a un proyecto, permanecen fragmentarios, inconexos y, por tanto, carentes de sentido. Sólo en relación a un concepto se desarrolla un proceso de vital importancia, donde los fragmentos originariamente aislados de la técnica y de la construcción se disponen y ordenan en un volumen arquitectónico. Las partes y el todo se completan, se condicionan y se influyen alternativamente. Es el paso de la obra construida a la arquitectura, de la construcción a la tectónica.[1]

Aquí sin duda Deplazes se refiere a la techné, en el sentido aristotélico del término, es decir la techné aparece con todos los rasgos de un saber ligado a las formas de conocimiento racional y emparentado con la ciencia, con aquellos procedimientos técnicos que hacen de una buena ejecución de la obra un buen ejemplo de constructividad. Nada que objetar.

Sin embargo tal como indica al final de la cita, es la capacidad significante, la relación a un concepto, lo que dota de sentido a una constelación de capacidades dispersas y fragmentarias, donde las partes y el todo se completan, se condicionan y se influyen alternativamente, es decir se articulan. Visto así la acepción más básica de lo constructivo, la versión más material del término se supedita a una significación imprescindible proveniente de la esfera del intelecto. Y esa construcción de significados se emparenta rápidamente con la idea de contexto, de lo contextual como razón inicial y/o final, no está claro, de la estructura significante del hecho arquitectónico.

En resumen, es imposible des-alienar lo constructivo de lo contextual en su empeño común por construir un relato, un espacio narrativo propio de lo arquitectónico. Dicho de otro modo, las prácticas de intermediación con el contexto no se pueden separar de las prácticas de articulación constructiva. Y esto lleva a uno de los compromisos más visibles de la práctica proyectual: la arquitectura es necesariamente interdisciplinar. No tanto por una especie de compromiso a priori, sino por una conclusión lógica de una contextualidad  y una constructividad propia del relato arquitectónico.

El cuerpo calloso de lo esencialmente arquitectónico debe ser interdisciplinario porque la formación de cultura disciplinar no puede analizarse en términos puramente autoreferenciados; entender las formaciones culturales específicas, las orografías de la narración arquitectónica requiere mirar las relaciones de lo propio, con todo lo que no lo es. Pero, ¿qué grado de interdisciplinariedad se necesita?

En términos estratégicos, la interdisciplinariedad debe ser lo suficientemente responsable para producir un conocimiento útil, agregado y hábil aun cuando esté limitado por demandas específicas de proyecto y estrategias de contexto. Por tanto, puede decirse que la cosificación cultural del objeto arquitectónico surge como un proceso de análisis de cómo se transforman, constructivamente, articulando y desarticulando, estructuras de dominación física sobre un objeto social dado.

La verdadera dimensión del espacio narrativo propio de lo arquitectónico debería desplegar la teoría desde la interdisciplinariedad, de manera estratégica, para ganar el conocimiento necesario para inmiscuirse en contextos nuevos, de forma que sea posible la articulación de nuevas o mejores estrategias políticas, sociales, económicas, tecnológicas y culturales. Tomar lo que Marx llamaba la desviación por la teoría con el fin de ofrecer una descripción nueva y mejor, moviéndose de lo empírico a lo concreto, donde siempre se conceptualiza lo último. Pero también ese espacio debe hacer una desviación a través de lo real, del contexto empírico, para poder seguir teorizando.

El espacio narrativo arquitectónico se funda en lo que Lawrence Grossberg llama la contextualidad radical y lo que podríamos añadir aquí, la constructividad congénita, donde cada elemento de la práctica arquitectónica viene afectada por una doble imposición en el plano significativo, lo contextual y lo constructivo. En consecuencia, el objeto de la atención inicial de la práctica arquitectónica nunca es un texto aislado, un edificio único, una obra de arte singular, sino un conjunto estructurado de prácticas —una formación cultural, un régimen discursivo—que de inicio incluye prácticas discursivas y no discursivas, teorías y hechos. Pero incluso una formación de éstas características debe ubicarse en formaciones superpuestas a la vida cotidiana. Por tanto podemos considerar que el discurso en las prácticas arquitectónicas es un hecho integral, como también es integral el objeto construido, es decir la parte no discursiva en tanto que pura objetualidad, pura materialidad de la arquitectura.

La combinación entre la idea de contextualidad radical y la de constructividad congénita también reconfigura la relación de las prácticas arquitectónicas con la teoría.

Por tanto en arquitectura, la teoría, lo contextual y lo constructivo se constituyen y determinan respectivamente, de forma que el ámbito de lo teórico se toma como un recurso estratégico contingente. Es por ello que la producción narrativa de la arquitectura no puede identificarse con un paradigma o una tradición teórica singular, sino que más bien se produce convocando y confrontando diferentes lugares comunes del pensamiento como la filosofía, la sociología, la ciencia, etc. No hace falta decir pues, que la pérdida de la autonomía del hecho narrativo arquitectónico se hace evidente aquí, como en su día lo fue también, la evidente perdida de la autonomía del ámbito narrativo del arte, con peores consecuencias para este último.[2]

Para acabar de entender el papel de lo constructivo como teoría en la arquitectura, deberíamos aclarar que en el ámbito de la post-postmodernidad,[3] la producción teórica no se entiende como objeto en sí mismo, sino más bien desde un uso estratégico, como una herramienta de la que debemos servirnos para avanzar en la construcción de una narrativa de la complejidad de lo específico. En consecuencia, el espacio narrativo propio de la arquitectura no está motivado por cuestiones teóricas; no derivan sus preguntas de sus intereses teóricos, sino de la fascinación por la contingencia. Solamente de esta manera se consigue evitar que al definir por anticipado las preguntas y las respuestas, las apuestas teóricas reduzcan la posibilidad de contar una historia distinta y mejor, una historia de sorpresa y descubrimiento. Cada caso admite una teoría. Quizás muchas teorías.

Lejos de la metamodernidad o de cualquier otra etiqueta del momento, podemos volver a Peter Eisenman para recordar como ya en su tesis doctoral The Formal Basis of Modern Architecture,[4] abogaba por una interpretación abierta de la teoría, y por tanto la posibilidad de constitución de una teoría ad-hoc, mediante la idea de una teoría polemista de final abierto. Esta es la categoría del ensayo polémico que puede leerse en los escritos de Geoffrey Scot principalmente, y de manera menor en otros autores como Abbe Laugler o Augustus Welby Northmore Pugin. En Geoffrey Scott parece que nos encontramos ante la fundación de una teoría de final abierto que permite que ésta esté siempre en proceso de expansión y de continua aplicación.

En resumen parece que el espacio narrativo de la arquitectura se construye desde una forma de entender lo contextual, una manera de aglutinar conocimiento desde lo constructivo y todo ello se enhebra tanto en la práctica teórica pura de la arquitectura, como en la práctica experimental de la misma, que como hemos visto, también es susceptible de crear teoría.

*La fotografía que encabeza el post es de la Ville Savoye en construcción, Poissy 1929. Quiero hacer mención especial a la energía y la capacidad de encontrar fotografías míticas por parte de VAUMM Arkitekturak, que han sido la fuente de esta imagen.


[1] DEPLAZES, Andrea, Construir la arquitectura. Del material en bruto al edificio. Un manual. Gustau Gili, Barcelona, 2010

[2] Si el arte pierde su autonomía, y por tanto no puede hacerse el arte por el arte, su ámbito de reflexión, de conceptualización, desaparece bajo el yugo de aquel ámbito al que sirve. La estética es indisociable a la autonomía del arte y de la institución arte, por lo que la desaparición de la estética en el arte es el altísimo precio que acaba pagando.

[3] Como introdujo Tom Turner en City as Landscape: A Post Post-modern View of Design and Planning, y más tarde se transformó de la mano de Timotheus Vermeulen y Robin van den Akker en el término metamodernism en el artículo Notes on metamodernism, que sucintamente vendría a determinar la emergencia de una sensibilidad que oscila entre posiciones modernas y estrategias postmodernas.

[4] EISENMAN, Peter, The Formal Basis of Modern Architecture, publicado originalmente como tesis doctoral por el Trinity College de la Universidad de Cambridge en Agosto de 1963 y posteriormente reeditada en Lars Müller Publishers en el año 2006.

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