Una Ciudad Relacional | Epílogo

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Una Ciudad Relacional | Epílogo

Hay dos maneras básicas de entender la ciudad, por un lado existe la manera tradicional de leer la ciudad como una yuxtaposición regulada, intencionada si acaso, de objetos macizos, mayoritariamente infranqueables, lo edificios. De otro lado existe la contraria, es decir, aquella que llega a concluir que la forma de lo positivo, de lo edificado, viene íntimamente reglado por el uso y la potencialidad de lo negativo, de lo vacío, del schwarz plan.[1]

En la primera reflexión el vacío que se configura entre los objetos edificados vendría a ser las calles, los parques, las aceras y las plazas. Esta manera con mayor o menor interés, de forma más banal o más intelectualizada ha representado la manera tradicional de entender la ciudad. El vacío es el negativo, el agujero, la excrecencia entre los objetos urbanos, ya sean edificios de oficinas, iglesias o torres de apartamentos.

En esta línea, una de las reflexiones contemporáneas más interesantes viene a proponer que una concisión formal bien definida de la arquitectura, es decir, una definición precisa del positivo, es una pre-condición para un compromiso político, social y cultural con la ciudad. [2] Esta forma de lo construido se entiende como algo resolutivo por sí mismo, algo entendido como absoluto en tanto que sigue siendo, aún haber estado separado de lo otro, del espacio de la ciudad. Una arquitectura capaz de marcar los límites e imponer sus lógicas a la ciudad desde sí misma, desde su condición autónoma, capaz de sobrevivir incluso sin su soporte fundamental, ni su organización extensiva, ni su gobernabilidad. Esta idea tan atractiva como áspera se fundamenta en la convicción que la forma de la arquitectura tiene como finalidad última la acción de separar y de ser separada revelando así la esencia de su forma política en el conjunto de lo que denominamos ciudad. La ciudad es una composición de partes separadas.

La idea de partes separadas se relaciona con la idea de archipiélago como forma estructurante de la ciudad. El archipiélago describe por tanto una condición donde las partes están separadas y a la vez unidas por el sustrato común de su yuxtaposición. Las partes que conforman este archipiélago están en constante relación, unas con otras, unidas por el mar que las envuelve y las delimita. En definitiva la arquitectura estructura un marco para la ciudad mediante el despliegue estratégico de formas arquitectónicas específicas que actúan como envolvente, y estos actúan a su vez como límites a lo urbanizado.

Es interesante contextualizar dentro de esta reflexión, algunas ideas de Pier Vittorio Aureli, en tanto que pueden servir para marcar ciertos acentos en la idea prácticamente opuesta a esta inicial, que supone la ciudad relacional.  En particular la diferencia esencial que establece entre el concepto de ciudad y el concepto de urbanización. Mientras la idea de ciudad viene definida política y formalmente por la arquitectura, la idea de urbanización tiene que ver con una dimensión histórica instigada por el capitalismo a base de proyectos de ciudad ejemplares que en realidad funcionan como representaciones –más o menos bienintencionadas- de lo que debería ser una ciudad. En pocas palabras es importante separar lo que la ciudad realmente es, de la mera representación de la misma. Por otro lado también puede servir para el propósito de reflexionar sobre la ciudad relacional, la diferencia entre la idea de proyecto y la idea de diseño. La idea de diseño, refleja meramente la práctica capacidad de construir alguna cosa, una especie de management de lo construido, mientras que la idea de proyecto indica la estrategia mediante la cual una cosa será producida, será brought into presence,[3] llevada hacia lo presencial y hecha realidad.

Si hablamos de ciudad y hablamos de proyecto desde estas consideraciones iniciales, bien podríamos hablar de ciudad relacional  y de arquitectura relacional.

En buena medida la idea de ciudad relacional es la opuesta a la idea de arquitectura absoluta de Aureli, si bien habría puntos de encuentro en los extremos. La oposición más evidente es que mientras Aureli habla de lo construido como constitutivo esencial de la ciudad, en la ciudad relacional se hablará de lo vacío, de las plazas, las calles, los parques, pero también de los descampados, los patios interiores de manzana, los pasajes, etc., de todo aquello en definitiva que quedaría en blanco al hacer el schwarz plan al que nos referíamos antes.

Podría decirse que en la ciudad relacional lo esencialmente constitutivo del proyecto de ciudad es el espacio urbano ya sea este de carácter público o no. Esto es cierto en gran medida pero deberíamos primero aclarar que es espacio urbano en primer lugar, y después ver que categorías –espacio público, espacio privado pero también publico/privado, etc.- forman parte también del código genético de la ciudad relacional.

El espacio urbano, al que como primera intuición relacionamos con lo vacío en una ciudad, vendría a tener un perfil eminentemente sociológico en tanto que es aquel espacio donde libremente, individuos que no se conocen -en la mayoría de las ocasiones-, se relacionan. Es decir se reconocen como iguales y establecen algún tipo de relación entre ellos o entre ellos y los objetos urbanos que los rodean. Por tanto el espacio urbano es un espacio-tiempo diferenciado para un tipo especial de reunión humana, la urbana, en que se registra un intercambio generalizado y constante de información y se vertebra por la movilidad.[4] Es más, la ecuación completa es que en el espacio urbano se desarrolla una triangulo relacional entre los otros, la configuración física del espacio urbano en cuestión y uno mismo. Por ejemplo, para los partidos de futbol improvisados de la infancia eran necesarios una serie de individuos, algunos de los cuales los podría conocer y otros no, un espacio más o menos grande, plano, sin obstáculos y con algunos elementos del mobiliario urbano como referencia para delimitar una portería o los límites del terreno de juego y evidentemente uno mismo como jugador o espectador. En tanto que espacio que ha dejado una huella en el recuerdo, es evidente que con ese espacio desarrollamos una poderosa relación, de forma que pasó a formar parte de nuestra ciudad relacional.

En definitiva la ciudad relacional se basa en la lógica de un espacio, el espacio urbano, que tiene por vocación principal la de convocar individuos, acoger, ni que sea puntualmente o esporádicamente, a ciudadanos y una vez convocados provocar múltiples relaciones entre ellos en el marco del espacio y el tiempo urbanos. Principalmente, como remarca Delgado a partir del libro de Erving Goffman Behavior in Public Places: Notes on the Social Organization of Gatherings de 1963, el espacio público también podría ser definido como espacio de y para las relaciones en público, es decir, para aquellas que se producen entre individuos que coinciden físicamente y de paso en lugares de tránsito y que han de llevar a cabo una serie de acomodos y ajustes mutuos para adaptarse a la asociación efímera que establecen.[5]

Otra definición esta vez de Lyn Lofland todavía más clara y explícita vendría a definir el espacio urbano como espacio de acceso del público –espacio, por tanto público- como aquellas áreas de una ciudad a las que , en general, todas las personas tienen acceso legal. Me refiero a las calles de la ciudad, sus parques, sus lugares de acomodo públicos. Me refiero también a los edificios públicos o las zonas públicas de edificios privados. El espacio público debe ser distinguido del espacio privado, en el que este acceso puede ser objeto de restricción legal.[6]

Es interesante subrayar que en el momento en que acotamos el espacio urbano como espacio público, enseguida surgen consideraciones del ámbito del derecho, y por tanto podría parecer que la constitución del espacio urbano proviene de una interpretación de la legalidad, más que de una forma propia basada en la tradición y la innovación de la arquitectura o el diseño urbano. Nada más lejos para referirnos a la ciudad relacional. Es bien cierto que el estatus legal de cada espacio en la ciudad es uno de los objetos de discusión importantes en tanto que codifican la propiedad de ese espacio y por tanto sus responsabilidades, su mantenimiento e imputan los costes de construcción, pero también es cierto que aquellos espacio híbridos entre públicos y privados son en la ciudad relacional, espacios especialmente interesantes.

La idea de dar un paso más allá entre la dicotomía clásica entre espacio público y espacio privado, no en cuanto a la propiedad o a las restricciones legales, sino más bien en cuanto al uso que el ciudadano puede desarrollar, es una de las propuestas de valor de la ciudad relacional. Ya viene siendo hora que la categoría de espacio público de uso privado o el espacio privado de uso público, así como espacios de aproximación de lo público a lo privado o viceversa, tengan un papel relevante en la construcción de la ciudad. Me refiero al uso de espacios como las cubiertas de los edificios, grandes superficies urbanas totalmente sin uso público y poco privado, las plantas bajas de ciertos edificios residenciales vallados y auto-encarcelados, la definición consensuada entre agentes urbanos, es decir, técnicos, promotores y representantes del poder público, para definir adecuadamente las pieles de los edificios, o la posibilidad de crear calles de acceso público en espacios privados que permitan una mayor permeabilidad de las manzanas y los bloques urbanos, la imbricación entre espacios privados apoyados por plazas o parques públicos o al revés, espacios públicos que son apoyados y subrayados por espacios privados. La infinidad de combinaciones y la apertura de categorías de lo urbano se hace patente en la ciudad relacional. Solamente de esta manera, atendiendo a una legalidad más compleja y sofisticada, daremos pie a la aparición de una ciudad más rica en relaciones, espacios y acontecimientos.

Una de las ideas fundamentales de la ciudad relacional es reorientar el objetivo último de la idea de ciudad hacia los individuos. El desarrollo desaforado del capitalismo consumista de las últimas décadas parece haber desplazado del foco principal al sujeto por antonomasia de la ciudad, el ciudadano. Una especie de autojustificación parecía ser el motor de muchas operaciones urbanas donde el montaje financiero y las expectativas de beneficio, disfrazadas de los argumentos más sofisticados que puedan imaginarse daban patente de corso a algunas operaciones de dudosa calidad urbana. Como reacción asistimos a una consolidación de la cultura del no, donde toda operación urbana está injustificadamente bajo sospecha, y esconde otros intereses políticos que exigen modelos de participación desorganizados y estructurados a partir de los prejuicios y no del bien común. Un sistema urbano basado en la relacionalidad debe huir de la manipulación maniquea de los intereses, provengan de donde provengan y abrir sus reflexiones a la aportación de actores tradicionalmente lejanos al urbanismo clásico como son los geógrafos, los sociólogos, los matemáticos, los científicos, los antropólogos, etc.

La ciudad relacional quiere volver a colocar al ciudadano en el centro de interés de la ciudad y aprovechar esta re-focalización para invitarlo a ir un poco más allá de su relación automatizada con la ciudad. Hacerle ver las infinitas posibilidades que tiene a su alcance para desarrollar su faceta humana y urbana, haciendo un uso más intensivo de la ciudad y sobre todo, haciendo hincapié en un uso más emocional de la misma. En definitiva el ser urbano debe ayudar al desarrollo de una cierta cosificación del espacio urbano, una transformación de lo vacío en cosa emocional y tangible a través de un uso pleno y dejar de exigir derechos sobre lo urbano sin asumir antes los deberes inherentes al hecho de vivir en colectividad. La ciudad relacional se construye con ciudadanos responsables que devienen ciudadanos exigentes.

La idea de cosificación proviene del concepto que acuñó Lukács en Historia y Consciencia de Clase de 1923 en el cual utiliza la categoría weberiana de racionalidad, abstracción, cuantificación y la fusiona, por otro lado, con las categorías marxistas de trabajo abstracto y de valor de cambio. Esta fusión de categorías acaba definiendo la cosificación en el sentido estricto del término como convertir en cosa algo que no lo es. Más ampliamente el concepto de cosificación parte del análisis marxista de las raíces económicas de la alienación, que se encuentra en las relaciones de producción propias del capitalismo. Con el término cosificación, que también se traduce como reificación, Lukács demuestra los alcances de la enajenación. Ésta no se restringe al proceso de producción de mercancías. La categoría lukacsiana de cosificación extiende el análisis de la alienación y el fetichismo de la mercancía de Marx al ámbito de la subjetividad humana, de las relaciones sociales y de la cultura.

Es decir, la ciudad relacional debe cosificar el espacio urbano en beneficio del sujeto que lo utiliza con intensidad, y esa cosificación no debería consistir en una alienación subyugante en el sentido Marxista, sino todo lo contrario, en una transformación positiva, en cosa emocional, en narración personal y  relato colectivo de una realidad común.

La ciudad relacional debe procurar hacer de los individuos agentes y actores vivos en el desarrollo de la misma, emocionalmente implicados y capaces de usar la ciudad en beneficio propio tanto a nivel intelectual como a nivel vivencial.


[1] Un schawarz plan consiste en dibujar a una escala relativamente grande todo aquello que constituye un sólido en la ciudad. Con esta técnica se consigue que toda la trama urbana de vacíos urbanos se pueda visualizar de forma inmediata.

[2] AURELI, Pier Vittorio, The Possibility of an Absolute Architecture, The MIT press, Cambridge, 2011

[3] Op. cit. AURELI, p XIII

[4] DELGADO, Manuel, El espacio público como ideología, Los libros de la catarata, Madrid, 2011, p. 17

[5] Idem p.17

[6] LOFLAND, Lyn, A World of Strangers: Order and Action in Urban Public Space, University of California Press, San Francisco, 1985, p. 19

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