Ciudad Relacional | Dominio público, ámbito privado

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Ciudad Relacional | Dominio público, ámbito privado

Si la ciudad relacional existe, sería interesante acotar el espacio dónde podemos hablar de lo relacional en términos urbanos y dónde no, dónde se puede reflexionar y proponer un proyecto que sujeta las cuerdas principales que atan al individuo con una organización extremamente compleja como lo es la ciudad, o dónde estás ataduras se desvanecen.

Es por ello que cabría mencionar brevemente ciertas características donde se da la ciudad relacional. Se podría pensar que la idea de ciudad relacional abarca todo el conjunto físico de lo que denominamos ciudad pero eso no es así. No es así porque estamos hablando en definitiva de modelos de relación entre individuos en esta ciudad relacional, y todos sabemos que hay una división, no siempre clara y definida, pero siempre determinante en la naturaleza de cada individuo.

Por cada ciudadano que seamos capaces de identificar, sea este habitante o simplemente usuario de una ciudad, sea habitual o esporádico, siempre vamos a encontrar una dimensión privada y una dimensión pública del individuo en cuestión. Es decir, hay una dimensión en que la ciudad relacional influye poderosamente pero que siempre quedará vetada para la reflexión y que solamente es imaginable a partir de conjeturas: esta dimensión cerrada a lo relacional es la dimensión privada. Lo relacional no solamente es necesario sino que es suficiente para la construcción de la dimensión privada de un individuo pero es excluyente de la idea de relacional en términos urbanos.

Para clarificar de partida los límites del terreno sobre el que reflexionamos, hay que identificar una lógica anti-urbana, una no-ciudad, en cada ciudad relacional, y esta no-ciudad coincide como un guante a una mano con la dimensión privada de cada individuo. Siendo esto así, ¿Cuál es el espacio propio de la no ciudad en la ciudad?, o dicho al revés, ¿Cuál es el reino de los relacional dentro de la ciudad?

Como punto de partida, y aun a riesgo de que estos límites deban ser más tarde transformados o incluso destruidos, deberíamos hablar del espacio nuclear de la vivienda como la forma urbana que no debe dar entrada a la ciudad relacional. El espacio doméstico de lo privado se conforma como aquel lugar en que no es que no tengamos una lógica relacional, sino que esa lógica la ejercemos entre iguales, entre lo que metafóricamente podríamos llamar, nosotros mismos. La unidad familiar, sea esta formación la que se entiende en términos no solamente legales, sino amparada por el uso social, es el lugar donde consideramos que si bien lógicamente se dan relaciones, y a veces de altísima intensidad, estas se formatean entre individuos conocidos, idealmente entre individuos que libremente han decidido fusionar ambas esferas privadas en una sola e individuos en estado de formación e información de esa compleja esfera privada, como en el caso de hijos que forman parte de esa fusión de la dimensión privada.

Traducido a la jerga de los arquitectos, el espacio por antonomasia donde se desarrolla esa dimensión privada es el espacio doméstico, aquel para el cual hay que pedir permiso –no solamente por educación, sino legalmente, para entrar-, y formado por individuos libres que tienen como proyecto la fusión en una, de sus respectivas dimensiones privadas.

El hogar, pero también la habitación de un hotel, ciertos espacios especiales que por su significación llevan a pactos entre desconocidos para fusionar sus esferas privadas de forma momentánea y/o parcial como un quirófano, un alberge, el despacho de un abogado, etc., todos estos espacio forman parte de esa no-ciudad dentro de la ciudad relacional.

Todo lo demás, edificios de pública concurrencia, espacios públicos, es decir vacíos urbanos programados con usos específicos y predeterminados, e incluso la delgada interface entre el espacio propio de la dimensión privada y la dimensión pública, es decir las fachadas de los edificios residenciales, hoteleros, sanitarios y tanto otros, forman parte de la dimensión pública de los individuos y por tanto de la ciudad relacional.

En este sentido todos aquellos espacios de representación de una relación entre individuos iguales y en principio desconocidos entre sí, estarían en la base de la cosificación de lo relacional, constituirían ya sean estos espacios llenos, o vacíos, la expresión física de la ciudad relacional.

De todas formas, eso no quiere decir que no exista una relación entre el espacio doméstico y el espacio urbano, que en alguna medida no se tenga o incluso se deba forzar algún tipo de nexo entre ambos espacios y que en definitiva no se puede entender uno sin el otro. Lo que aquí estamos intentando determinar son los límites de la ciudad relacional como lugar sobre el que operar en términos de proyecto urbano, es decir la naturaleza de los espacios que deben dar satisfacción no solamente a un restringido sector de la sociedad, sino que afectan por definición a todos los ciudadanos.

Por eso pensar la ciudad relacional es pensar lo múltiple, y eso, aunque parezca evidente, supone en gran medida una desamortización del pensamiento dualista. De una manera rotunda la dualidad entre el positivo de una cierta concepción esencialista de la ciudad y la arquitectura, y la negatividad radical nietzcheana-anticapitalista propia de Benjamin, Lefebvre, Jameson, Tafuri y tanto otros, queda diluida. En otras palabras, la ilusión de una unidad perdida que debe ser recobrada del lado del sujeto o del lado de la sociedad,[1] queda superada por un punto de partida de lo múltiple como primera situación, como texto inicial, como punto de arranque para entender el hecho urbano y la lógica arquitectónica.

Esta dualidad quebrada y reemplazada por una recreación en lo múltiple acarrea necesariamente una reflexión sobre una realidad de la que somos parte integrante y por tanto participes de los acontecimientos y de la emisión de singularidades. Igualmente la ciudad relacional estructura una lógica donde los principios no están pre-establecidos, sino que se desarrollan a partir de construcciones reflexivas que se mueven y se transforman con habilidad para llegar a gestionar la realidad de manera cuanto menos digna, y en todo caso muy lejos del maniqueísmo entre el bien y el mal o aún peor sometida a una estructura bien entretejida de prejuicios. En definitiva, la ciudad relacional desarrolla toda una estratagema ética y estética sobre lo superficial y lo aparente, no tanto en contraposición a lo profundo y lo esencial, sino como constatación de que todo lo que podemos decir que se da consistentemente en el ámbito de lo urbano, aparece en un instante, en la superficie del tiempo, emerge y se hace visible, es decir se vuelve aparente, o mejor, se estructura desde su apariencia y en muchos casos inmediatamente después, se transforma en otra cosa. Esta fluidez de lo aparente y lo superficial no deja con la sensación de que ese algo ha desaparecido, algo que sabemos que es totalmente falso pues simplemente ha adquirido otra naturaleza.

En este magma que es la ciudad relacional, donde todo es susceptible de pasar de solido a gas, de liquido a solido, de gas a líquido, y así sucesivamente, donde todo tiene la capacidad de transformarse en lo múltiple, múltiples naturalezas, múltiples interacciones, múltiples espacios y múltiples tiempos, también deben darse múltiples propuestas. Para acercarnos a lo que podríamos llamar una ciudad red, basada en las relaciones y capaz de religar no solamente intelectualmente, sino, emocionalmente al individuo con su entorno urbano próximo, debemos dejar de refugiarnos en relatos simples capaces de satisfacer nuestra ansiedad ante la naturaleza compleja de lo urbano. Debemos confrontarnos sin pánico a lo complejo, producto de lo múltiple, y asumir que no hay soluciones totalitarias, sino aproximaciones operativas que tienen como único fin hacer avanzar la ciudad relacional dentro de una lógica de la multiplicidad en el dominio de lo público, de lo compartido y de lo social.

*La imagen de este post proviene de http://www.visualcomplexity.com/vc/


[1] DE SOLÀ-MORALES, Ignasi, Los artículos del Any, Fundación Caja de Arquitectos, Barcelona, 2009, pp. 137, publicado primero en la revista Any en el número llamado Anymore por Cynthia C. Davidson, Massachusetts: The MIT Press, 2000 a partir de la conferencia impartida en París en 1999

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