Hacia una ciudad relacional | Una introducción

BORRIAUD SITUACIONISTA

Hacia una ciudad relacional | Una introducción

En un artículo en el diario El País del pasado 14 de Mayo de 2011, Manuel Gausa reclamaba una Ciudad Reactivada. Concretamente el título del artículo Hacia una Barcelona Reactivada, buscaba una nueva actitud ante el modelo de ciudad Barcelonés, profundamente agotado en su propio ciclo de éxito. La habitual brillantez de Gausa daba en una clave aparentemente léxico/estética para replicar la falta de ideas que parecía detectarse entre los actores habituales de la ciudad. Tal clave consistía en activar el prefijo “re” a una serie de verbos-proclamas que permitirían ver la ciudad de Barcelona y por extensión cualquier ciudad plural y de tamaño intermedio en el mundo, con otra mirada, con otra visión, con otra actitud.

Más concretamente Gausa clamaba por concitar una actitud revitalizadora capaz de crear un urbanismo más empático y creativo. Estas actitudes re-  se resumían en el reciclaje urbano, la renaturalización central, la revitalización económica y social, la reconexión urbana y territorial y el research urbano.

El texto de Gausa concluía con una proclama final: hoy la ciudad debe proyectarse internacionalmente como un entorno innovador y emprendedor, productivo y creativo; un entorno inductor capaz de generar auténticos referentes para una nueva sociedad del ocio y del conocimiento: de la interacción positiva (con el medio, con la sociedad, con la cultura y la tecnología) y de una nueva convivencia sensible más sostenible.

Es remarcable el éxito del prefijo re- para definir la realidad contemporánea.

Parece que hay un cierto relato posible, una trama que la ciudad concita, que se escribe con el prefijo re- o en todo caso, que dicho prefijo es capaz de enlazar las actitudes más adecuadas para encarar el devenir de la ciudad futura.

En el fondo el prefijo re- viene a significar una cierta aceptación del pasado y a la vez una indudable fuerza impulsora capaz de situar una idea re- en otra dimensión, en algo a veces totalmente nuevo (sin que la idea de lo nuevo esté implícita en el prefijo en cuestión). La idea de reciclar por ejemplo significa transformar una realidad inservible, y tras una transformación de su naturaleza profunda, impulsarla hacia un nuevo ciclo, dotarla de algo substancial y volver a convertirla en  útil; es decir, se aprovecha lo pasado en pos de una lógica futura transformada. Baste notar que hasta no hace mucho las grandes transformaciones venían precedidas de la necesaria aniquilación de lo anterior, así el movimiento moderno por ejemplo.

Unos años antes Nicolas Bourriaud escribía Estética Relacional,[1] un ensayo donde se precisa el sistema de ideas y el funcionamiento de un nuevo paradigma artístico destinado a interactuar en la esfera de las relaciones sociales, dando respuesta a una cierta obsesión del arte contemporáneo por lo interactivo, es decir por la capacidad de activar una relación entre varios actores a partir del catalizador de la obra misma.

En esencia Bourriaud retoma el pensamiento de Félix Guattari desarrollado varios decenios más atrás, cuando todo hay que decirlo, apenas despegaba la sociedad de redes, que tuvo la lucidez de rechazar la figura del autor en favor de la recuperación de lo colectivo. Guattari no creyó que fuera posible aislar el inconsciente en el lenguaje, sino que había que remitirlo a todo el campo social, económico y sobretodo político. Me atrevería a decir que también al campo cultural y al campo tecnológico para completar las cinco esferas de la realidad.

En otras palabras, ante la objetivación de los comportamientos sociales de la modernidad, y por tanto la posibilidad de controlar y manipular estos,[2] la idea de la estética relacional retoma un cierto situacionismo estético fundado en la subjetivación de parámetros sociales básicos y una lógica autoorganizativa y lejana a la idea de equilibrio.

Más aún, la aparentemente inocua estética relacional emparenta la idea de comportamiento relacional con las ciencias de la complejidad enunciadas en los años 60 y principios de los 70 para abrir un panorama no por enormemente complejo, menos apasionante.

En la digresión de Bourriaud se hace patente el uso de otra palabra que empieza por re-, lo relacional, si bien en esta ocasión no aparece como prefijo, sino de manera substancial al significado del concepto. A nadie se le escapa que relacional viene de relación, de interacción, en definitiva de intercambio.

Bourriaud se remite al ámbito del arte contemporáneo y no solamente de manera acertada, sino que con brillantez, posiciona la producción contemporánea del arte en el magma de una sociedad red donde la obra se construye narrativamente a medida que más y más individuos intervienen en ella y codifican algún tipo de significado que se suma a otros anteriores. Es de esta forma que la idea de autoría se diluye en el ámbito de una muti-intervención.

Es necesario hacer hincapié que en la base de la idea de la estética relacional de Bourriaud está la idea de los intervinientes, más que los hacedores, y la manera cómo es posible crear una obra completa de arte, según los cánones, a partir de una inteligencia común, fundada en el intercambio, es decir en la relación entre como mínimo dos intervinientes.

Si aceptamos esta idea como viable, posible e incluso como consecuencia lógica de una sociedad que funciona enteramente en red en el arte contemporáneo, ¿podríamos ampliar el foco y pensar que hacer ciudad, algo mucho más poderoso, complejo e interesante, puede definirse en términos relacionales? ¿Es decir, puede hablarse con propiedad de una ciudad relacional y por tanto de un urbanismo relacional, una especie de urbanismo-re, e incluso de una arquitectura relacional?

A día de hoy, un planteo definido por una clara transformación de los avejentados instrumentos del urbanismo, a favor de una concepción de la ciudad más dinámica, más fluida y más operativa, parece no solamente acertado sino que me atrevería a decir que necesario.


[1] BOURRIAUD Nicolas, Estética Relacional, Adriana Hidalgo Editora, Buenos Aires, 2006

[2] Podría llegarse a decir que el gran proyecto de la globalización ha consistido precisamente en desarrollar un sistema capaz de configurar la trazabilidad de los comportamientos sociales objetivos con la finalidad de controlar y manipular estos

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